Leer ajedrez

Libro de axedrez, dados e tablas de Alfonso X el Sabio (ca. 1252-1284)

Me gustaría leer (o escribir, que es un poco lo mismo) una historia del libro de ajedrez a semejanza de esas otras historias del libro que enhebran en un mismo hilo las aventuras de los incunables renacentistas y las historias arcanas de códices, pergaminos y papiros de tiempos remotos. Por supuesto, esa historia del libro de ajedrez o de la lectura de ajedrez empezaría muchos siglos pero muy pocas líneas antes del Libro de axedrez, dados e tablas de Alfonso X el Sabio (ca. 1252-1284). Se detendría morosamente con el primer libro impreso conservado, el de Lucena en 1497, para lamentar la pérdida del primero conocido, el incunable del valenciano Francesc Viçenc, impreso en Segorbe en 1495. Y seguiría con un hilo principal y muchas, muchas variantes.

Pero en este mundo de chispazos hay que ir lo más directo posible a las conclusiones. Y la conclusión a la que quiero llegar es ésta: a diferencia del libro normal, del libro a secas, que sigue y mantiene su curso con más o menos caudal, aunque haya perdido su centralidad en el mundo del conocimiento y la cultura, el libro de ajedrez tal como lo conocimos está en jaque tras el impacto de la Revolución Digital, y se pueden analizar ya los movimientos que quizás lleguen darle mate para entronar a un nuevo rey.

Un excurso por los sistemas de escritura.

Todo sistema de escritura evoluciona con su uso. Si la vida social se hace más densa, más rica, la escritura va ampliando su ámbito, mejorando el soporte material, y desarrollando y perfeccionando el sistema de signos.

En la mayoría de los sistemas de escritura cuya historia se ha podido trazar, los signos acaban por adquirir un valor fonético que no tenían de inicio, para representar primero sílabas y finalmente fonemas: consonantes y vocales. Nace así la escritura alfabética, de gran economía de signos (veintisiete el inglés, p.e.) respecto a una escritura ideográfica/logográfica, que puede tener decenas de miles, como el chino. Pero esta economía de signos se produce a costa de un alargamiento del vínculo entre el significante, la parte sensorial del signo, y su significado. El signo escrito remite al signo oral que a su vez remite al significado. Es importante entender esta idea del “alargamiento” del vínculo porque hablaremos de ello a propósito de la escritura ajedrecística, sometida ahora a un proceso contrario de acortamiento del vínculo.

Durante muchos siglos, y también para el niño que aprende a leer, lo común es hacerlo en voz alta y que sea la palabra oída la que entregue a la mente el significado. Es conocida la anécdota, el asombro de San Agustín cuando observó que Ambrosio, obispo de Milán, leía en silencio. Porque lo habitual en la Antigüedad y en la Edad Media ha sido que el individuo leyera recitándose lo que sus ojos veían. Como habitual y práctica común en todos los tiempos ha sido que alguien se encargue de leer un texto en voz alta para muchos otros.

Es la imprenta y con ella la generalización de la lectura, la que produce el lector silente habitual que hoy conocemos. Podemos pensar, quizás, que ese lector silente está utilizando su lenguaje interior, pronunciándose internamente las palabras. Pero sea pensamiento o sean palabras, es un hecho constatado que el lector competente-silente lee mucho más deprisa que si pronunciara para sí mismo o atendiera a una explicación oral. El lector competente realmente tiene dos sistemas de signos paralelos: el lenguaje oral y el lenguaje escrito. En cada uno de ellos un significante sensorialmente distinto, la palabra escuchada o la palabra leída, remite a un mismo significado.

Otro ejemplo que también ilustra esta diferencia: los que han adquirido una competencia básica en un idioma extranjero por inmersión lingüística oral a temprana edad, aunque estén alfabetizados suelen enfrentarse a un texto escrito en ese idioma pronunciando las palabras, leyendo en voz alta como los niños o las personas no muy letradas. En cambio, quienes han aprendido ese idioma extranjero de una manera libresca, a base de diccionario y gramática, pueden llegar a leerlo y escribirlo con fluidez y ser absolutamente incompetentes si se ven expuestos a una situación oral.

Y el ajedrez, ¿cómo se escribe?

Algo parecido a la aparición de la imprenta está ocurriendo con el ajedrez. Hasta hace menos de doscientos años la escritura ajedrecística no había generalizado un sistema de signos propios, y por tanto no se había distinguido de la escritura común. A modo de ejemplo extremo de la ausencia de un sistema de escritura ajedrecística, veamos como describe Ruy López la posición inicial de las piezas en su Libro de la invención liberal y arte del juego del Axedrez (1561) totalmente carente de diagramas:

Ármanse de esta manera. El rey blanco a mano derecha, y en casa negra: en la cuarta casa de la primera línea: porque en la primera se sitúan las piezas. Tras el rey luego el arfil de rey en casa blanca. Luego el cavallo del rey en casa negra: luego en la última casa, el roque del rey en casa blanca….”

Y esto sería una línea de apertura:

«Llevando el Blanco la mano jugará el peón del rey quanto va. Si el negro jugare el peón del rey quanto va, el bl. jugará el peón del arfil de la dama una casa. Si el neg. jugare el cauallo del rey ala 3 del arf. por tomar el peón: el bl. jug.la dama ala 2 de su ar. Si el neg.jug.el arf.del rey ala 4 de su arfil de su dama…»

Lo que viene a ser: 1.e4 e5 2.c3 Cf6 3.Dc2 Ac5 en notación algebraica o 1.P4R P4R 2.P3AD C3AR 3.D2A A4A en la notación descriptiva tan común hasta hace poco.

Se aprecia cómo Ruy López tiende a abreviar “bl.” por “blanco”, “neg.” por “negro”, “arf” por “arfil”, etc. Y también, el embrión de la notación descriptiva en la utilización de la posición inicial de las piezas para referirse a las columnas: peón del rey, peón del alfil de la dama, etc…

Los diagramas son habituales en los libros de ajedrez previos a la imprenta, manuscritos, seguramente porque el coste de dibujarlos no es mucho mayor que el de caligrafiar una página. También son frecuentes en las primeras décadas después de Gutenberg (1450), porque las obras impresas toman como modelo y compiten con los manuscritos que se conservan en las bibliotecas. Los diagramas de estas primeras obras impresas no están compuestos con la técnica de tipos móviles, como en el siglo XIX y XX, sino que son grabados, normalmente en madera y por ello bastante toscos. Desaparecen progresivamente del ajedrez impreso hasta que bien entrado el siglo XIX se aplicó el sistema de tipos móviles al diagrama ajedrecístico, inicialmente no con figuras sino con letras (compárese en la galería de ilustraciones que siguen las de la revista francesa Le Palamède en 1836 y 1845).

En fin, el proceso histórico, todos los balbuceos, tanteos, avances y retrocesos de la escritura ajedrecística antes y después de la imprenta, merecen de por sí una entrada aparte. No nos detenemos más para centrarnos en el punto de llegada, que es:

Un libro de ajedrez del siglo XX, de finales del XIX o principios del XXI se compone de dos elementos conjugados: diagramas y notación ajedrecística. Si tenemos en cuenta los comentarios en texto llano insertados dentro de una partida, pero también antes y después de cada partida, los elementos de un libro de ajedrez son tres: diagramas, notación y texto.

El espíritu de la Apertura, Ricardo Aguilera 1973. Un libro que se puede leer en la almohada

Hasta tiempos muy recientes prácticamente ningún libro de ajedrez podía leerse sin un tablero al lado en el que transcribir las jugadas anotadas en el texto. Salvo la posición de inicio de partida, que se puede omitir por obvia, toda secuencia de jugadas se presenta con el diagrama que muestra la posición. Y a partir de ahí, la pregunta para cada uno de nosotros: ¿cuántos movimientos somos capaces de seguir mentalmente? La respuesta es la misma para todos: muchos menos de los que recogen habitualmente los libros de ajedrez al pie de cada diagrama. Y

Aperturas semi-abiertas (Ludek Pachman, ca. 1970)

aunque sean secuencias no muy largas, hay que tener en cuenta las variantes y subvariantes que te hacen volver atrás y adelante y comparar dos o más posiciones finales que se han desvanecido de tu mente. Solo algunas obras con un enfoque para principiantes o de divulgación pueden leerse con la luz de la lamparita de nuestra mesilla de noche. Compárese un libro clásico de aperturas de hace cincuenta años (Ludek Pachman) con otro coetáneo divulgativo de aperturas (Ricardo Aguilera) El libro de Ricardo Aguilera se puede leer en la almohada, el Pachman no.

Korchnoi recomendaba leer libros de ajedrez sin tablero como un ejercicio de preparación para un torneo inminente, de la misma forma que otros preparadores suelen recomendar jugar alguna partida a la ciega. Ningún preparador, en todo caso, recomienda abusar de este recurso mentalmente agotador. Y desde luego, aquí no estamos hablando de jugadores de muy alto nivel capaces de jugar a la ciega, ni tampoco la finalidad de nuestra lectura es agilizar el cálculo mental con vistas a un torneo. Somos meros aficionados, jugadores “de club” que tratamos simplemente de leer un libro de ajedrez, de comprenderlo.

La notación que usan los libros debería ayudar y no dificultar. La notación actual algebraica, como la anterior descriptiva, aunque no deja ambigüedad en su transcripción de los movimientos, no es la que más ayuda por su parquedad, por su desdén en explicitar la información no imprescindible. ¿Qué problema hay en que los movimientos se anoten con redundancia explícita? ¿Por qué un movimiento como Axf3 no puede escribirse Ag4xCf3 y un Af3 como Ag4-f3? Ayudaríamos a nuestra representación mental del tablero mientras leemos y, si los utilizáramos para anotar las partidas, subsanaríamos con mayor facilidad esos pequeños errores en que incurrimos tan a menudo y que a veces nos dejan perplejos cuando días después transcribimos la partida sobre un tablero, quizás digital, para archivarla en esa base de datos que hemos bautizado “Mis Partidas”.

El tablero es herramienta imprescindible, el equivalente de la lectura en voz alta de los tiempos antiguos. Por ello, un libro de ajedrez se lee muy despacio. Todo el trasiego de la mano moviendo las piezas y volviéndolas a colocar para reiniciar otra y otra variante, llevando la vista del libro al tablero y del tablero al libro, verificando la corrección de la transcripción inversa, todo eso distrae la mente de lo que está deseando: comprender esa posición, ese diagrama, las posibilidades que encierra. Otra cosa es el placer, la delectación casi fetichista con la que acariciamos los trebejos y los desplazamos a una y otra casilla. Si en el mundo hubiera solo una docena de libros de ajedrez, apenas los impresos entre 1495 y 1820, ésa sería la forma de disfrutar leyéndolos.

Página del Informator nº 1, 1966

Pero no es así. El número de libros de ajedrez ha crecido y crecido durante el siglo XX. Y no solo los libros: la información ajedrecística en forma de revistas y boletines. La escuela soviética de postguerra, liderada por alguien tan sistemático como Botvinnik, acumulaba cuanta información podía recopilar sobre las partidas jugadas por todos sus rivales, exahustivizando su preparación para los matches individuales y para las olimpiadas por equipos. Tanto es así que en 1966, en la otra gran potencia ajedrecística rival, Yugoslavia, nace el Informator, una publicación semestral, luego cuatrimestral y finalmente trimestral de todo cuanto se juega en el mundo al nivel de los mejores. Su primer número, que abarcaba del 1 de enero al 30 de junio de 1966, dedicaba 141 páginas a la transcripción de 466 partidas. La revista tuvo tanto éxito de salida que un campeón mundial (1963-1969) como Tigran Petrosian se chanceaba de las jóvenes generaciones llamándoles “hijos del Informator”. Lo cuenta precisamente uno de esos hijos, Kasparov, participante decisivo en el siguiente salto en la escritura ajedrecística: 1985.

Ese salto en realidad fue un triple salto en paralelo, que merecería también un capítulo aparte si no fuera tan reciente y no estuviera inconcluso. Visores de ajedrez, bases de datos de ajedrez y motores de ajedrez, son las tres patas de la revolución digital en el ajedrez. Aunque en este momento solo nos interesen los visores de ajedrez, ninguna de las tres avanzó sin apoyarse en las otras.

Pata primera: los motores.

La aplicación de la informática al ajedrez comenzó al poco de concluir la II Guerra Mundial, con los primeros ordenadores. Se focalizó muy pronto como una competición por desarrollar el mejor programa para jugar al ajedrez, algo fácil de determinar arreglando enfrentamientos y torneos entre esos ordenadores-programa. Con la tecnología informática de la época, el software era muy dependiente del hardware para el que había sido concebido y sobre el que se ejecutaba, por lo que la competencia entre programas de ajedrez tenía también una faceta de competencia entre fabricantes de ordenadores.

En esa carrera de los años 50, 60 y 70 preocupaba más cómo representar la posición del tablero y el árbol de juego internamente en la memoria de la computadora, así como las estrategias más eficientes de cálculo, que amabilizar la comunicación con el ser humano. Los dispositivos de entrada y salida eran los propios de la época, absolutamente espartanos aunque entonces eran el colmo de la sofisticación: el teletipo o la impresora, la consola en pantalla en modo carácter con su cursor parpadeante, y el teclado. La comunicación con el jugador humano y los espectadores: un tablero de ajedrez en el que replicar manualmente las jugadas hacia y desde la computadora.

Primera GUI documentada: TCR (tubo de rayos catódicos) y light pen

La primera GUI (Graphical User Interface) aparece hacia 1970 y solo el empuje de los ordenadores personales de los 80 y las interfaces gráficas típicas de los juegos por computadora la llevó hacia el estado actual. No obstante, el impulso a las formas de representación digital de posiciones de ajedrez seguro que allanó un poco el camino para el diseño de bases de datos ajedrecísticas: uno de los “trucos” de los primeros programas fue mantener en memoria las posiciones halladas y valoradas durante el proceso de exploración, y acceder a ellas eficientemente, para ahorrar el tiempo de computación necesario si se volvía a llegar a esa misma posición como consecuencia de alguna transposición de movimientos, algo muy común en la estrategia de fuerza bruta de los ordenadores. De ese truco derivan hoy los programas que permiten a cualquiera que tenga en su computadora personal una base de datos equivalente a decenas de miles de Informator, realizar búsquedas de posiciones puntuales de juego, saber cuántas veces se ha jugado, con qué estadísticas de resultado favorable a blancas/negras, y sobre todo seguir las continuaciones de las partidas más representativas por la fuerza de ambos jugadores y entender o tratar de entender sus ideas, planes, motivos tácticos…

Pata segunda: bases de datos.

Kasparov y Frederic Friedel-1985 “Esto es lo más importante que ha pasado en el ajedrez desde la invención de la imprenta”

Navidad de 1985. Garry Kasparov estaba en Hamburgo para un duelo con Robert Hübner y unas simultáneas de propina. En los últimos quince meses había disputado 72 partidas contra Karpov y estaba a la espera de disputar otras 24 en el verano de 1986. Solo a alguien con la vitalidad de un muchacho de 22 años, de ese muchacho que se llamaba Garry Kasparov (Karpov supo en carne propia de su energía), pudo ocurrírsele aprovechar la interrupción del evento ajedrecístico el día de Nochebuena no para descansar o distraerse, sino para presentarse en casa de un periodista alemán bastante puesto en los avances de la computación ajedrecística y con el que apenas había intercambiado algunas palabras cinco años antes (¡con 17!) en la cena de clausura del campeonato mundial juvenil en Dortmund (ganado por Kasparov, claro). Allí, después de la cena a la que se había autoinvitado o quizás al día siguiente, le expuso lo que él quería de los ordenadores: una versión electrónica del Informator. Cinco meses después, el 19 de mayo de 1986, mientras jugaba un torneo en Basilea, ese periodista y un estudiante de física alemán le presentaron un prototipo sobre un Atari que le hizo exclamar después de cerrar los ojos durante un minuto: “Esto es lo más importante que ha pasado en el ajedrez desde la invención de la imprenta”. Los “hijos del Informator” habían dado paso a la generación de ChessBase. La historia ha sido contada por sus protagonistas aquí y aquí.

Pata tercera: visor de ajedrez.

Acabo de contar el nacimiento de ChessBase. Pero en realidad lo que Matthias Wüllenweber llevaba en el diskette de su Atari, a tenor de lo que cuenta Frederic Friedel, era un mero visor de ajedrez con algunas partidas de demostración. Hoy sí, el producto acabado ChessBase, que ha sido replicado y copiado por muchos otros, es una base de datos de partidas de ajedrez, un “Informator” que puede consultarse de muchas maneras que interesan a un ajedrecista: por jugador, por apertura, por posición de tablero… Incorpora también un motor de ajedrez (curiosamente llamado Fritz=Frederic) que puede revisar cualquiera de esas partidas movimiento a movimiento señalando los errores o validando las jugadas correctas, o puede simplemente servir de sparring para entrenar o pasar el rato.

ScidvsPC

Nada de ello podría usarse sin el visor. Ver una partida, repasarla adelante y atrás con el ratón o el teclado, reproducirla automáticamente, navegar por las variantes, leer el texto de los comentarios justo al lado del tablero que reproduce la posición comentada, todo eso es una funcionalidad tan común que no nos asombra. Y sin embargo, deberíamos como San Agustín felicitarnos por ser capaces de leer en silencio, capaces de leer un libro de ajedrez sin necesidad de apoyarnos en un tablero a nuestro lado para ver las jugadas.

El visor está en todos los portales de ajedrez que ofrecen juego interactivo, entrenamiento táctico, aprendizaje de aperturas, etc... El visor de ajedrez está dentro de muchos blogs, como éste mismo aunque a la fecha que data este artículo aún no lo hayamos estrenado. Está en las páginas digitales de periódicos como El País. Está en forma de plugins o componentes disponibles para los principales CMS (=gestores de contenido, p.e. WordPress), que permiten ilustrar un artículo con la reproducción de una partida, un ejercicio o un problema. Hasta Google te ofrece un visor como extensión para su navegador Chrome. El visor de ajedrez es, también, el “reader” de muchísimos libros de ajedrez.

  • ChessBase. Si ChessBase no publicara libros de ajedrez, su negocio tendría las patas muy cortas: un software que de vez en cuando sufriría una restyling para hacerlo parecer que mejora, y la actualización de una base de datos de juegos de ajedrez que, por mucho que se juegue cada año, lleva una década por encima de los cinco millones de partidas y pronto alcanzará los diez millones. Podría vender un par de productos nuevos cada año, que para la mayor parte de sus clientes serían actualizaciones. Por eso hoy en día buena parte del negocio de ChessBase es la publicación de libros electrónicos de ajedrez, que lógicamente necesitan de su programa para ser visualizados, el mismo programa que se utiliza para consultar la “base de datos”.
  • El portal chess24.com, que apadrina Magnus Carlsen, también tiene una línea de libros electrónicos, por supuesto totalmente dependientes de un visor propio que requiere una conexión de internet para acceder al contenido. 
  • Everyman es una conocidísima editorial británica de libros de ajedrez convencionales, que además apuesta por el formato electrónico, bien utilizando el formato (y el visor) propietario de ChessBase, bien utilizando el estándar abierto PGN con un sencillo visor propio, pero que puede sustituirse por cualquier programa visor de bases de datos de ajedrez: ChessBase, Scid, ScidVsPC, ChessAssistant...
  • Chess Informant (Informator) puede suministrar la misma obra en papel o formato electrónico, bien en PGN o en el propietario de ChessBase.
  • New In Chess, una iniciativa holandesa nacida en 1984 y que compite exitosamente con Chess Informant, desdeña en cambio el formato abierto PGN y también el de ChessBase, y utiliza su propio visor, tanto para su revista como para los libros que publica.
  • Chess Assistant. Los competidores rusos de ChessBase. Lo mismo, en esencia pero en menos.

Limitaciones actuales del visor de ajedrez.

Hagamos balance. ¿Ha muerto el libro en papel, desplazado por el visor electrónico?

Todavía no. Un libro de ajedrez, decíamos más arriba, se compone de tres elementos: diagramas, notación y texto. El visor resuelve completamente el seguimiento de la notación actualizando el diagrama al instante. Pero no se ha conseguido todavía una buena integración con el texto. Veamos por qué.

Tecnología propietaria o abierta.

Los visores de ChessBase, chess24, NewInChess o Chess Assistant dan mejores resultados para el usuario que los visores de tecnología abierta que utilizan PGN, como Everyman, Scid o ScidvsPC. Pero no por la calidad del software. El visor no es un programa demasiado sofisticado. Es un problema del formato abierto PGN.

Los sistemas propietarios tienen el inconveniente, más allá de ser de pago, de que el usuario se encuentra en un sistema cerrado: no puede ver los documentos de una plataforma con el visor de la otra. Esta es una situación muy típica en informática que se utiliza para crear nichos de mercado propietarios y que tiende a decantar un dominador por encima del resto de competidores. Hoy ChessBase es el Microsoft del software de ajedrez.

Los problemas del PGN.

Estamos todos lo suficientemente viajados en informática para que no nos tengan que alabar las bondades de separar los programas de los datos, la tecnología del programa que muestra de los contenidos mostrados. ¿Admitiríamos que para perdernos por Internet necesitáramos un navegador diferente según qué páginas, sitios y blogs? No lo admitiríamos, pero ese riesgo ha existido y si no ha ocurrido ha sido porque tecnológicamente se ha evitado.

Separar los programas de los contenidos, en visores de ajedrez, pasa necesariamente por algún tipo de estandarización de datos. El problema de esa estandarización no es que no exista. Si no existiera, el impulso para crearla sería imparable. El problema es que ya existe, pero se ha quedado obsoleta.  Estamos hablando de PGN.

PGN es el acrónimo de «Portable Game Notation» y nació en 1994. Según su propia definición (https://www.chessclub.com/help/PGN-spec):

PGN es un estándar diseñado para la representación de datos del juego de ajedrez usando archivos de texto ASCII. La intención de la definición y propagación de PGN es facilitar el intercambio de datos de juegos de ajedrez de dominio público entre jugadores de ajedrez (humanos y máquinas), editores e investigadores de ajedrez informático en todo el mundo.

PGN no pretende ser un estándar de propósito general que sea adecuado para cada posible uso; ninguna norma de este tipo podría cumplir todos los requisitos concebibles. En cambio, PGN se propone como una representación portátil universal para datos intercambio. La idea es permitir la construcción de una familia de aplicaciones de ajedrez que pueden procesar rápida y fácilmente datos de juegos de ajedrez utilizando PGN para importar y exportar entre ellos.

El estándar PGN consiguió lo que pretendía. Ha hecho posible el intercambio de datos de juegos de ajedrez entre máquinas, aplicaciones y jugadores. Como se dice en el Génesis cuando la Humanidad se lanzó a la tarea de levantar una torre gigantesca, «Si ahora, mientras son una sola persona porque todos hablan el mismo idioma, han comenzado a hacer esto, nada más tarde les impedirá hacer cualquier cosa que se propongan». Pero la torre se ha detenido, su base no se amplia y no puede crecer en altura porque al idioma común (PGN) le faltan palabras. Las carencias del estándar PGN son:

  • El jugador de blancas se llama… «About this Publication»!!

    No refleja una estructura jerárquica de documento (libro, sección, capítulo…) en el que las partidas incrustadas fueran su nivel más bajo. En consecuencia, hoy, cuando leemos un libro escrito en formato PGN, se nos presenta como una mera lista de partidas. En el ejemplo mostrado en la imagen adyacente, las «partidas» nº 1-2-3-5-10-17-24-29… no son tales, sino capítulos que organizan el contenido.

  • El campo para “Comentarios”, que anida o cuelga necesariamente de un movimiento de una partida:
    • Se utiliza abusivamente (e ineficazmente también) para insertar texto que no comenta ningún movimiento de una partida, sino que pertenece a otro nivel del libro: partida, capítulo, sección, introducción, prólogo, etc…
    • Está innecesariamente limitado tanto por juego de caracteres (un subconjunto de ISO 8859/1 en lugar de utilizar toda la riqueza de juegos de caracteres de que disponemos), como por la carencia de atributos de presentación del texto, como párrafos, tabuladores, sangrados, atributos de letra, etc… Es curioso como la necesidad, siquiera, de separar párrafos, lleva a Everyman a utilizar la secuencia de «- – -» (tres guiones consecutivos) como una marca separadora sustitutiva del viejo punto y aparte, del CR/LF de las viejas máquinas: retorno de carro y nueva línea.

PGN-XML: una propuesta.

Estas carencias se corregirían ampliando el estándar PGN sobre una base XML, que reformulara las actuales etiquetas PGN con arreglo a la sintaxis XML y diera cabida a nuevas etiquetas y a una jerarquía de documento en cuya base estuviera “la partida”, pero cuya cúspide fuera el libro. Pero ni siquiera hay que hacer la mayor y más compleja parte del trabajo, puesto que ya existen aplicaciones del estándar XML al objeto «libro» o «documento» a las que solo habría que agregarle un elemento en su base: la partida, el par <chessgame></chessgame> que contuviera dentro todo lo que el visor nos va a mostrar sobre el tablero electrónico.

Todas las tareas técnicas son sencillas en sí mismas: la definición del nuevo estándar PGN-XML; una herramienta de software para trasladar cualquier volumen de datos PGN al nuevo formato PGN-XML y viceversa; la sustitución de las rutinas que leen o escriben PGN para que lean y escriban también PGN-XML; y la adecuación de los visores para que muestren las partes puramente textuales del libro, con arreglo a su jerarquía y tipo de texto.

Más complejo, sin duda, es convertir esta propuesta en una iniciativa común que prenda entre los desarrolladores de software de ajedrez; que se defina y publique el nuevo estándar por parte de un ente o grupo con autoridad; que se incorpore a las herramientas existentes, empezando por las de software abierto; que aparezcan contenidos, libros, basados en el nuevo estándar…

Lo que no será nada fácil es empujar a los principales suministradores de contenido, singularmente al dominador ChessBase, desde sus sistemas propietarios al nuevo estándar abierto. La confusión de lenguas tiene poderosos intereses. Mientras tanto, el viejo libro en papel agonizará sin acabar de dejar paso al nuevo libro.

 

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