La mujer en el ajedrez medieval (2): el papel de Isabel la Católica en el origen del ajedrez moderno.

«No debería sorprendernos que la transformación oficial de la reina del ajedrez en la pieza más fuerte del tablero coincidiera con el reinado de Isabel de Castilla«, nos dice Marilyn Yalom. En realidad no debería sorprendernos, tampoco, que Marilyn Yalom abrace esta coincidencia tan alineada con el hilo argumental de su libro, siempre enhebrando los puntos de conjunción de la Historia con el tablero. En las líneas que siguen veremos qué da de si Isabel I de Castilla y si acaso no deberíamos mudar el enfoque y explorar otro sendero que nos lleve más lejos.

 

Alferza versus Reina, los vaivenes geográficos y el retraso peninsular.

La temprana identificación del alferza con el papel político de la Reina medieval se manifestó por vez primera en Einsiedeln, en el corazón del Sacro Imperio Romano Germánico, y se difundió desde allí hacia el norte, el sur y el oeste. Nunca llegó a imponerse en el este, en Rusia, lugar de Europa donde el alferza ha pervivido mucho más tiempo que en la Península Ibérica. Aún haciendo sitio a la koroleva a partir de Catalina la Grande, lo cierto es que desde Botvinnik a Kasparov, todos los campeones mundiales han luchado con el ferz contra la Reina occidental. Ésta y alguna peculiaridad más (ladya o barco por torre), son el resultado de que el ajedrez más allá de los Cárpatos tuviera otras vías de recepción y otras influencias culturales que lo mantuvieron distante del ajedrez europeo occidental. 

Como seguramente también ocurrió en España mientras hubo influencia musulmana, a la que justamente pone punto final Isabel I de Castilla. Sorprende que en 1283, tres siglos después del advenimiento de la Reina del ajedrez en 997, en España se siguiera manteniendo la terminología árabe de las tres piezas: alferza, alfil y roque. Así lo atestigua el Libro de açedrex, dados e tablas de Alfonso X el Sabio, la obra más importante o si acaso la más vistosa del ajedrez medieval, aunque por su carácter de manuscrito de la biblioteca real, no la más difundida ni la que más influyó. En estos tres siglos entre 997 y 1283 sólo hay un caso, una cita de «Reina» en boca o pluma de un natural peninsular, que parece contradecir la pervivencia del alferza, pero que en realidad la ratifica.

Al judío natural de Tudela, Abraham ben Meir ibn Ezra (1092-1167), un intelectual medieval como la copa de un pino, se le atribuyen dos poemas sobre ajedrez. En uno de ellos la nomenclatura de las piezas ignora a la Reina y coincide totalmente con el Libro de los Juegos alfonsino de un siglo más tarde. En el otro poema el firz o alferza es reemplazado por la Shegal, la Reina en hebreo. Aunque no podamos datar la fecha exacta de cada poema, sí sabemos que ibn Ezra empleó los veinticinco últimos años de su vida en viajar por Italia, Francia e Inglaterra. ¿Alguna duda sobre el orden cronológico de los poemas y dónde conoció ibn Ezra a la Reina del Ajedrez?

Tampoco después del Libro de açedrex, dados e tablas de 1283 y antes de la explosiva irrupción de la Dama dotada de superpoderes a finales del XV, hay documento alguno que atestigüe en el ámbito peninsular el uso de Reina o Dama en lugar del alferza, y sí hay documentos que acreditan la buena salud del alferza. El Romance de Fajardo nos cuenta un lance de la Reconquista embebido en una partida de ajedrez:

Jugando estaba el rey moro y aun al ajedrez un día
con aquese buen Fajardo, con amor que le tenía.
Fajardo jugaba a Lorca y el rey moro Almería.
Xaque le dio con el roque, el alférez le prendía.

En esta partida literaria encontramos sobre el tablero al alferza persa-árabe en su traslación fonética como «alférez», ya documentada en el Libro de los Juegos alfonsino de 1283. Desconocemos la fecha de composición del Romance, pero Alonso Fajardo el Bravo murió en 1463 siendo alcaide de Lorca. Si la literatura fuera testigo fidedigno de la historia, estos encuentros eran comunes todavía en la segunda mitad del siglo XV y podemos suponer que el alferza sobrevivió mientras jugadores de lengua árabe entablaron partidas con jugadores de lengua… castellana. He dicho castellana, por Castilla. Moros y cristianos castellanos dejaron de jugar al ajedrez justamente en 1492, con la toma de Granada por Isabel I de Castilla.

Diferente fue el caso de la Corona de Aragón, que había perdido el contacto con el mundo musulmán peninsular hacia 1304, cuando el avance castellano hacia el sur y el este llegó a las playas del Mediterráneo. Sabemos que el Rey de Aragón Martín el Humano (1356-1410) poseía, además de una impresionante colección de conjuntos de ajedrez, una pequeña biblioteca de manuscritos del juego en la que, por inventario, se enumeraban dos libros en lengua francesa y cuatro en catalán (o tres en catalán y uno en latín, no está claro). Lamentablemente los libros se han perdido. No hubiera sido extraño constatar que en la Corona de Aragón, o en parte de ella, se utilizara ya la Reina germánica al tiempo que en Castilla y Portugal aún sobrevivía el alferza musulmán

Scachs d’amor, primera mención de la Reina en el ajedrez peninsular, primera Reina del ajedrez moderno.

Un estudioso fotografió en 1914 el manuscrito Scachs d’amor encontrado en 1905 y hoy perdido

La primera evidencia de que la Reina juega en el ajedrez peninsular se data entre 1475 y 1485 (según Ricardo Calvo) y en el ámbito de la Corona de Aragón. Es el poema valenciano Scachs d’amor, un trasunto de la literatura simbólica ajedrecística tan típica del medievo, que contiene en 64 alegóricas estrofas una partida completa desde la apertura hasta el mate final, perpetrado por la Dama y Reina del tablero. Lo sorprendente de este poema es que la Reina, como el Alfil, se mueve ya según las reglas modernas. Es el primer documento conocido que las acredita, es un documento consciente de la novedad de esas reglas que además presenta como propias.

De un solo golpe, el ajedrez peninsular recupera un retraso de cinco siglos respecto al ajedrez medieval haciendo sitio a la Reina, y al mismo tiempo lo arrumba, lo deja atrás, dando paso al ajedrez moderno, al alfil y a la dama modernos. La evidencia de esta ruptura sería remachada pocos años después (1497) por el libro de Lucena. Las conexiones entre Scachs d’amor, el libro de Lucena y el incunable perdido de Francesc Vicent (1495) han sido materia de muchos estudios y alguna polémica entre los historiadores contemporáneos del ajedrez. Pero nadie relevante pone hoy en duda que el ajedrez moderno, el ajedrez “de la dama” en expresión de Lucena, naciera en España un poco antes del 1500.

¿Qué inspiró Isabel I de Castilla, el juego o el poema?

La influencia de Isabel I de Castilla en el nacimiento de la dama del ajedrez moderno ya fue insinuada por Staunton en una fecha tan temprana como 1844: «Lo más probable es que… la galantería de los caballeros moros en Granada dotara a la Reina del ajedrez con el reinado y el dominio casi ilimitados que ha disfrutado desde entonces«. Pero ninguno como el historiador del juego de damas Govert Westerveld ha insistido con más tenacidad en esta apreciación, que él también extiende al juego de damas, hasta conseguir convertirla en un lugar común para los divulgadores de la historia del ajedrez. Otros historiadores como Ricardo Calvo o Peter J. Monté se han hecho eco sin más de esta interpretación, pero sólo José Antonio Garzón, alentado por Govert Westerveld, ha conseguido encontrar el rastro de Isabel la Católica en las estrofas de Scachs d’amor.

Staunton no supo de la existencia del poema Scachs d’amor, descubierto en 1905. Si él, un hombre del siglo XIX, vio guiada su intuición por el imaginario construido cuatrocientos años antes alrededor de la figura de Isabel y que ha llegado hasta nuestros días, cuánto más influidos no estarían los propios autores del poema, cuyas biografías los sitúan en el entorno del rey Fernando.

Además, la fecha de composición del poema es muy próxima a dos acontecimientos impactantes de la vida de Isabel: el primero, su autoentronización en diciembre de 1474, justo en las 48 horas siguientes al fallecimiento de su hermanastro Enrique IV, en un acto de extrema resolución y con asunción de símbolos viriles de poder, como la espada, que incluso molestaron a su esposo Fernando; el segundo, la Concordia de Segovia de enero de 1475, que puso paz entre los esposos y dejó claros los derechos sucesorios de Isabel por delante de los de Fernando y su mutua relación de igualdad en el gobierno. Podemos suponer que tales acontecimientos darían mucho que hablar en Aragón del rey Fernando hacia abajo, hasta llegar a los autores del poema.

Sin embargo, ni Fenollar, Vinyoles o Castellví, los alegres poetas mancomunados de Scachs d’amor, ni el ditirámbico Lucena, que tuvo ocasión de insertar alguna referencia en su dedicatoria al príncipe Juan, hijo de Isabel, ninguno nos ha dejado mención expresa a la Reina Isabel.

Govert Westerveld ha citado alguna vez como apoyo a su inferencia la obra de Pedro de Covarrubias Remedio de jugadores, impresa en 1519, quince años después del fallecimiento de Isabel y cuando el ajedrez de la dama estaba dejando de ser una novedad. Esta obra de 185 páginas dedica sólo cinco al ajedrez, y su contenido sigue la estela de la literatura moralizante medieval al estilo del Ludus Scachorum del dominico lombardo Jacobo de Cessolis, la obra más difundida del ajedrez medieval. Todo el apoyo para argumentar la inspiración isabelina del ajedrez de la dama está en este párrafo: «La reyna se muda (mueve) como todos los inferiores porque el poder y gracia quellos particularmente reciben del rey recibe ella junto y más cumplido. Salvo el movimiento de los cavalleros porque el pelear no conviene a las mugeres. Ellas aunque actualmente no pelean van en el real algunas vezes por mas animar a los suyos y provocar a su defensa y mas espantar los enemigos: como hazia nuestra gran reyna dona ysabel en la guerra de granada». Recordemos que Scachs d’amor termina con un jaque mate perpetrado por la Dama, que entremedias ha capturado un alfil en f3, un peón  en b7 y un caballero en d7. ¿Cómo se concilia esta dama rabiosa, enragée, con «porque el pelear no conviene a las mugeres»?

Más sólido es el análisis en clave alegórica de algunas estrofas de Scachs d’amor que realiza Jose Antonio Garzón en su obra El regreso de Francesc Vicent. La estrofa 54 es crítica: «Digo que la Reina tenga el movimiento de todas las piezas, salvo el caballo. Pues nuestro juego quiere adornarse de un estilo nuevo y sorprendente para el que lo mira, pues realza la dignidad de la Reina, otorgándole la espada, el cetro y el trono«. La mención de la espada como atributo de la reina solo puede interpretarse, dice Garzón con todo fundamento, como un eco del gesto desafiante de Isabel I de Castilla en su coronación en Segovia el 13 de diciembre de 1474. Fue aquel un acto genial de propaganda política en un momento crucial en el que la joven reina, al ocupar el trono, no se limitó a ostentar el cetro sino que exhibió delante de ella la espada de justicia, algo inusitado para una mujer, con la deliberada intención de intimidar a los que se le oponían y ganarse a los indecisos.

Como inspiradora del poema Scachs d’amor, Isabel I de Castilla es una hipótesis muy difícil de negar y que casa muy bien con otros indicios encontrados por Garzón que fechan el poema entre 1475 y 1477, como la filigrana del papel utilizado que atestigua su lugar de fabricación y fechas aproximadas de comercialización, o la conjunción de Marte, Venus y Mercurio mencionada en el poema, que en la realidad astronómica ocurrió dos veces, en 1475 y en 1477.

También es significativa la interpretación que se puede hacer de tres de las cuatro reglas del juego que se refieren a la dama, que ni han perdurado ni han tenido influencia alguna en el ajedrez posterior. Veamos esas reglas:

  • No puede haber más de una reina en el tablero (estrofa 60), lo que más que limitar la promoción solo al supuesto de que la original haya desaparecido, en realidad la impide según la siguiente regla.
  • Si se pierde la reina, se pierde el juego (estrofa 63). Obsérvese que en la partida de Scachs d’amor las negras, en lugar de recibir mate, podrían haber ganado la partida capturando la dama blanca que en su penúltimo movimiento justo antes del mate (estrofa 61), captura un caballo en d7 dando un «beso en la mejilla» al rey negro situado en e8. El rey negro, en lugar de capturar la dama blanca y ganar la partida, retrocede a f8, recibiendo mate a la siguiente con Dd8.
  • Otra extraña regla es que las reinas no pueden capturarse mutuamente (estrofa 57), al igual que los reyes.

Estas reglas que tan poco sentido parecían tener y tan poco recorrido han tenido, se han interpretado en forma de paralelismo con la situación de guerra civil en Castilla, en la que las dos reinas que se enfrentaban, Isabel y Juana «la Beltraneja», no lo hacían directamente en el campo de batalla. Es decir, estas reglas parecen pensar en Isabel I de Castilla y se suman a la indudable referencia a la espada de la Reina en su coronación.

Isabel I de Castilla inspiró el poema Scachs d’amor. Pero es más cuestionable la hipótesis de Isabel I de Castilla como inspiradora de la reforma del juego que dio poderes a la Dama. Las 64 estrofas de Scachs d’amor, que describen otras 16 reglas además de las cuatro que atañen a la Reyna, ni siquiera se molestan en describir los movimientos del nuevo alfil, que se desplaza ya de la manera moderna. El movimiento del alfil no es novedad.

En cuanto a la dama, poco creíble es que una reforma de tanto calado como darle las capacidades del alfil y de la torre, pueda surgir y plasmarse en el reducido cenáculo de tres aficionados ajedrecistas en el curso de unos pocos días o semanas. El juego es una práctica social y las novedades requieren tiempo y difusión para que se ensayen, perfeccionen y finalmente se acepten socialmente. De nuevo, como cuando comentaba en el artículo anterior la tesis de HJR Murray que hace nacer el juego del ajedrez ya acabado de la mente de un creador individual, solo en la mitología ocurre que Palas Atenea venga al mundo desde la frente de Zeus ya vestida con su panoplia completa.

El nuevo juego, con los nuevos movimientos del alfil y la dama, ya se estaba practicando en Valencia antes de que se compusiera Scachs d’amor. Es muy probable también que la propia denominación de la pieza ya hubiera mutado de alferza a reina/dama en algún momento del siglo XV o antes en el ámbito de la Corona de Aragón, desconectada del mundo musulmán peninsular desde 1304 y más abierta a las influencias mediterráneas, italianas y francesas. En el texto del poema aparece indistintamente Reyna (29 veces) y Dama (46 veces) Eso es un indicio de antigüedad en el cambio de denominación. El ajedrez de la dama ya existía, la dedicatoria a la Reyna es la novedad.

Entonces, ¿por qué en el poema se explican los movimientos de la dama y no los del alfil? Porque el leit-motiv del poema es la Reina, la Reina del ajedrez y su paralelismo con la poderosa Reina de Castilla. Los movimientos de la dama se explican sucintamente al comienzo de la estrofa 54 con una sola y concisa frase, Diu que la Reyna vagie axi com tots, sino Cavall (Dice que la Reyna se mueve como todos, salvo el caballo) Sin esa explicación no habría punto de apoyo para los nueve versos siguientes que explican lo importante: su contenido simbólico.

Mas nostre joch de nou vol enremar se 

de stil novell e strany a qui be·l mira, 

prenent lo pom, lo ceptr’e la cadira. 

car, sobretot, la Reyna fa honrar se. 

Donchs, puix que diu que mes val e mes tira, 

per tot lo camp pot mol be passegar se, 

mas torçre no, per temor ni per ira. 

Quant mes se veu la libertat altiva, 

mes tembre deu de caure may cativa.

(el texto completo en inglés, aquí)

No era necesario dedicar una estrofa a los movimientos del alfil, porque el alfil no importaba. Importaba el contenido simbólico de los movimientos de la Dama.

Es fácil imaginar como surgió el poema. Después del impacto de la noticia de la coronación de Isabel I de Castilla, los tres alegres y jóvenes poetas, bien colocados en la administración de Fernando el Católico, conscientes de que en Castilla se jugaba con el alferza y las viejas reglas, quisieron honrar a su Reina castellana que con tanta decisión había dado un vuelco espectacular al tablero político peninsular, equiparándola con su reina valenciana del ajedrez y añadiendo otras reglas sobre la Reina que no han tenido continuidad por su incoherencia, pero que parecen responder, más que a las necesidades del juego, a un «como si» forzado al máximo para intentar ajustarse a lo que estaba sucediendo en esos momentos en el mundo real, en la Castilla donde Isabel, después de haber fijado los términos de igualdad con Fernando, libraba una guerra victoriosa contra su rival Juana la Beltraneja.

Isabel I de Castilla NO inspiró el nuevo ajedrez sino tan solo un poema alegórico del nuevo juego, de la misma forma que el ajedrez no fue inventado por Jacobo de Cessolis ni por el anónimo autor del poema de Einsiedeln. Seguir la pista del nuevo ajedrez a través del simbolismo del juego no nos lleva más lejos. Hay que mudar el enfoque o al menos completarlo. Debemos centrarnos en su pura práctica sobre los tableros.

El ajedrez medieval era lento y aburrido: había que reformarlo.

Claro que podemos preguntarnos qué indicios puede dejar una nueva práctica ajedrecística antes de que justamente se refleje como una modalidad de juego ya acabada, como una norma de facto. Es cierto que en el XVI y XVII tenemos registros documentales sobre las dudas y vacilaciones sobre aspectos técnicos del juego como la captura al paso y el enroque. Pero esos registros documentales son libros impresos y la imprenta nace en la segunda mitad del XV y le lleva décadas afianzarse y extenderse. ¿Cuántas décadas de ensayo y error sobre los tableros llevaban el nuevo alfil y la nueva dama? La imprenta llegó a tiempo para fijar las nuevas reglas y para universalizarlas, a lo que ayudó no poco el drama de los judíos españoles, su expulsión, así como el exilio de judeoconversos perseguidos por la Inquisición.

La fulminante implantación en España, Italia y Francia del nuevo ajedrez, del ajedrez “de la dama”, habla por sí misma de la mejoría del nuevo respecto al viejo, sin necesidad de que intervenga para nada el posible simbolismo de una reina de ámbito peninsular que desaparece en 1504. Es ahí, en las carencias del viejo ajedrez como causa del cambio, donde se podría indagar para encontrar el cómo del cambio.

Sabemos que el ajedrez medieval era lento para la percepción de sus contemporáneos. Sabemos que a veces se jugaba con dados, una forma que reduce su atractivo intelectual pero que le daba viveza. A diferencia del ajedrez moderno, donde la teoría de aperturas, la fase inicial del juego, se ha hipertrofiado, el ajedrez medieval, como el árabe, tenía predilección por los problemas, por los mansubat (arreglos o posiciones, en árabe) Las primeras jugadas transcurrían sin apenas interacción entre los dos jugadores, que movían sus piezas y peones buscando alcanzar una tabiya, una “disposición de combate”, prácticamente sin tener en cuenta las jugadas de su oponente.

En rojo, las casillas accesibles a los alfiles negros. En azul las casillas accesibles a los alfiles blancos. No interaccionan.

¿Y cómo era el medio juego, una vez superada la lenta apertura? Algunas características las podemos suponer.

Los alfiles, que en el juego moderno pueden alcanzar cada uno de ellos las 32 casillas del color de su diagonal en uno o dos movimientos, en el medieval solo podían llegar a 8 y necesitaban tres saltos para alcanzar las dos más lejanas. No tenían posibilidad alguna de interaccionar con el alfil contrario del mismo color de casilla porque sus respectivos “saltos” impiden que se toquen. Solo 16 casillas del tablero son cubiertas entre los dos alfiles medievales, por las 64 del par de alfiles modernos. Las dos diagonales centrales, tan importantes estratégicamente en el juego moderno, son inaccesibles para cualquiera de los cuatro alfiles medievales.

En cuanto a la dama/alferza, en lugar de poder acceder como ahora a cualquiera de las 64 casillas en uno o dos movimientos, solo tiene acceso a la mitad, 32, y a paso lento, casilla a casilla. Por supuesto, el alferza de un bando no interacciona con el alferza del otro bando, ya que se mueven por casillas de distinto color.

Solo el caballo, a su manera, la torre poderosa y el rey paso-a-paso, podían alcanzar todas las casillas del tablero. Probablemente -suposición de alguien que no ha practicado el ajedrez medieval-, la limitada potencia de juego de las piezas daría lugar a que muchas partidas se agotaran sin determinar un vencedor, como ocurre en los finales con alfiles de distinto color. El ajedrez medieval era lento, limitaba la interacción entre las piezas y podía producir muchas partidas no decididas. ¿Era percibido así por los jugadores?

El Libro de los Juegos de 1283 nos da pistas cuando describe sucintamente otras variantes de ajedrez, sin duda de inspiración árabe, como prácticamente todo el manuscrito alfonsino. Está documentado en casi todas las épocas a lo largo del mundo islámico la existencia de variantes de ajedrez, intentos de mejorar el juego que no llegaron a desplazar la variante principal y casi única de ajedrez.

Los movimientos del Aanca o Grifo, según el Gran Açedrez

Una de esas variantes, el Grant Açedrex, resulta de interés como precedente de los movimientos de la Reina y el Alfil moderno. El Gran Ajedrez se jugaba en un tablero mucho más grande, de 12 por 12 casillas. Los peones se situaban adelantados en la cuarta fila, en lugar de en la segunda, sin duda para propiciar un contacto rápido. Una de sus piezas, el Cocatriz, sigue exactamente los pasos del alfil moderno. Otra, la que ocuparía la posición del alferza en el centro junto al rey, es un ave mítica en el mundo islámico, la Aanca. Su movimiento es complejo: una casilla en diagonal y luego todo derecho, horizontal o verticalmente, excepto las cuatro casillas adyacentes de color inverso. Prácticamente es como tener dos torres en una. O un caballo-torre, si la primera casilla en diagonal se salta.

La partida de ajedrez – (Lucas Van Leyden), reproduce una partida del Ajedrez del Mensajero

No sólo el mundo islámico buscaba un juego menos aburrido. Alemania conoció el Ajedrez del Mensajero desde el siglo XII al XVIII, sobre un tablero de 12 por 8, con una pieza, la que da el nombre a la variante del juego, que se movía exactamente como el Cocatriz o nuestro alfil moderno. Ese nombre, Mensajero o Corredor, es el que le ha quedado al alfil en el juego moderno en alemán.

Está claro que el Grant Açedrex, como el Ajedrez del Mensajero alemán, eran juegos más dinámicos con sus piezas de largo alcance. Desconocemos todo sobre su práctica en la Península, hasta qué punto era conocido y cómo era percibido por el jugador de ajedrez convencional. Pero pudo haber sido, en la Península, la chispa del cambio que prendió en toda Europa. De no haber ocurrido aquí, quizás ahora estaríamos jugando todos al Ajedrez del Mensajero.

Ese cambio no fue tan simple como limitarse a sustituir los movimientos del alfil por los del Cocatriz. Lo que importa es la intención de aumentar el alcance de las piezas, a imitación del Grant Açedrez. Con esa intención parece obvio, tal y como lo percibimos ahora y tal y como enseñamos los movimientos al niño que se inicia, que el alfil llegara a ser lo que es a imitación de una torre que se mueve por las diagonales en lugar de por las filas y columnas. Como un alferza extendido, pero manteniendo el paralelismo con las torres con su doble disposición simétrica a cada lado.

En cuanto al alferza, convertirlo en un rey extendido, en una pieza que suma una torre más un alfil, entra también dentro de la lógica con la que presentamos a los niños los movimientos de las piezas. Didácticamente, se suele explicar primero el movimiento de la torre y el de los alfiles, por su simplicidad geométrica, y posteriormente el del rey y el de la reina, que son compuestos de los anteriores. Copiar, repetir y recombinar para producir algo nuevo y al mismo tiempo simple. Alguien se atrevió, hubo dos que empezaron a jugar y, con la práctica, a percibir con placer los esquemas de interacción entre las piezas, más intensos que los del viejo ajedrez.

Isabel y el nuevo ajedrez: un viaje de ida y vuelta.

No era necesario invocar a Isabel cruzando el tablero de lado a lado, a Isabel cabalgando durante tres días sin descanso desde Valladolid hasta Uclés para irrumpir como el rayo en el Consejo de los Trece de la Orden de Santiago e imponer la voluntad real en el inminente nombramiento de Gran Maestre. No era necesario o quizás sí, vino bien a los pioneros del nuevo ajedrez ampararse en las hazañas de la Reina Isabel para allanar el camino a la nueva Reina del Ajedrez. Aunque Fernando se mosqueara.

Sabemos, hay muchos testimonios, que su cónyuge el rey Fernando era un empedernido jugador de ajedrez. No sabemos qué modalidad de ajedrez jugaba Fernando, ni qué opinaba de las nuevas reglas. Las debió conocer, sin duda. Porque Scachs d’amor se compuso para ello, para darlas a conocer en honor de Isabel.

¿Por qué no se imprimió Scachs d’amor? Los tres autores de Scachs d’amor fueron pioneros en la introducción de la imprenta en Valencia, figurando como autores y/o promotores de varios de los primeros incunables valencianos. ¿Quizás la obra no obtuvo la necesaria licencia para imprimir? Quizás en lugar del placet o el imprimatur, los tres autores recibieron una discreta colleja real. Desde luego, es muy plausible que a Fernando le hubiera escocido la partida ganada por la Reina, que le recordaba a Isabel empuñando la espada de la coronación.

Hace ya más de 500 años que cambiaron las reglas del ajedrez. Scachs d’amor, punto de arranque de aquel paso, nos trae de vuelta al siglo XXI la intención de sus autores de honrar a Isabel. También, con Marilyn Yalom, da aliento a una mirada feminista del pasado. Pero ¿qué clase de mujer era Isabel?

Isabel fue un hito excepcional en una estirpe de mujeres de tanto carácter como desgraciadas. Su madre Isabel de Portugal bregó con tenacidad entre todos los intrigantes de la nobleza que corroían la Corona de Castilla para defender la posición de sus hijos, desplazados por su hijastro Enrique, sucesor al trono. De su madre heredó Isabel la voluntad y la astucia para desenvolverse entre amigos ambiguos y enemigos insidiosos. Supo dar las bordadas oportunas entre unos y otros hasta su coronación, primero, y el triunfo en la guerra civil. No se casó por amor, pero no se dejó casar por el interés de otros. Concertó su matrimonio en secreto y supo llevarlo a término con audacia contra la voluntad de su hermanastro el rey Enrique IV y la oposición de la mitad de la corte. Una vez casada, fue una mujer enamorada, posesiva y celosa, pero siempre clarividente para llevar su matrimonio en los momentos más críticos por donde más le convenía a ella como Reina de Castilla. Nadie, ninguno de sus aliados circunstanciales, otrora amigos, otrora enemigos, ni siquiera su propio esposo Fernando, se imaginaban que aquella muchacha a la que creían estar manipulando se independizaría de ellos y los gobernaría a todos. Su proyecto político fue a la vez grandioso, sentando los cimientos de un imperio, y cruel con las minorías religiosas. No fue feminista avant la lettre: creía en ella misma y en su destino, pero creía que el papel de la mujer era el que era.

Johanna I van Castilië
ca. 1500; 34,7 x22,4 cm
Spaans Nationaal Beeldenmuseum, Valladolid

Sus hijas heredaron su carácter apasionado en lo amoroso, pero no su capacidad política. De todas ellas, Juana fue el reverso de la suerte de Isabel: tan enamorada y celosa como su madre, en un mundo donde la promiscuidad era un privilegio del varón prohibido a las hembras cuyo cuerpo daba fe de la legitimidad de la cuna, ella no recibió más que desprecios de su marido Felipe y fue ninguneada políticamente por su padre Fernando y por su hijo Carlos, que la incapacitaron y recluyeron no por loca, que nunca lo estuvo, sino para apartarla del trono. Justo la mujer con la que nunca se escribiría un libro como Birth of the Chess Queen, pero a la que no debemos olvidar si no queremos cerrar los ojos a la verdadera condición de la mujer medieval.

 

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