Ganar o morir no es una lección para niños.

La primera competición presencial del ajedrez navarro tras año y pico de pandemia ha resultado chocante: del casi centenar de inscritos, la mitad son jugadores sin rating, niños recién federados que disputan sus primeras partidas oficiales. Nuestro Campeonato Navarro Absoluto Individual parece haberse convertido en una prolongación de los Juegos Deportivos Escolares de Navarra que finalizaron hace un mes o dos. Más de un participante habitual en las competiciones federativas se enfada, echa pestes contra Gambito de Dama y decide no concurrir.

Sí, seguramente ha influido que no hace ni nueve meses que se estrenó Gambito de Dama. Pero tanto niño me sorprende menos ahora que cuando hace dos años -uno antes de la pandemia-, decidí retomar el ajedrez después de casi cuatro décadas de ausencia. En los años 80 en Pamplona el ajedrez se jugaba en un marco muy especial: la Sala de Armas de la Ciudadela. No podía darse mejor combinación: un juego milenario que imita a la guerra en un edificio centenario militar. En estos tiempos en los que todo tiene imágenes, las únicas que se conservan de aquellos momentos están en la memoria de los pocos jugadores que aún hoy estamos en activo. Somos lágrimas en la lluvia.

Nunca entonces, en los años 80, conocí a ningún adolescente jugando, ni por supuesto niños de siete u ocho años. Ahora son participantes habituales. Cuando hace dos años retomé el ajedrez, me encontré en mi primer torneo como uno más de entre ellos, como jugador sin rating. Los primeros emparejamientos me situaron frente a niños que sabían mover las piezas con arreglo a las reglas y hasta con cierto sentido, pero que a duras penas rellenaban la planilla con su letra torpe y lenta. No gané a ninguno. Siempre terminaba la partida ofreciendo unas tablas que no se podían rechazar. Un día, antes de empezar el juego, el chaval del tablero de al lado me preguntó por qué en la jornada anterior había dado tablas si tenía una pieza de más. Le contesté a bote pronto algo así como “porque la victoria está sobrevalorada”. A veces los juegos de palabras te atrapan como una combinación fatua sobre el tablero, brillante pero sin sustancia, y te hacen decir nada o, como en este caso, exactamente lo contrario de lo que yo realmente pensaba: que me parecía tan cruel la derrota que no quería que por mi culpa ningún niño tuviera que sufrirla.

Después del torneo me di cuenta de que si das tablas a todos los niños que te ponen delante, los intríngulis del sistema suizo te volverán a emparejar con niños. Un círculo vicioso que sólo se podía romper ganando.

Era inevitable que la primera ronda de este Campeonato post-Gambito de Dama me emparejara con uno de ellos. Resultó ser una niña de siete años de edad. La encontré sentada frente al tablero cuidando de las piezas.

  • Hola, ¿tú eres Amaia?

  • Síii -me respondió con toda la convicción de la que sabe que no hay nada más cierto bajo el sol que el que ella es ella.

  • Pues entonces jugamos juntos, yo soy Felipe.

  • Vale -me concedió.

Y me senté frente a ella y empecé a rellenar mi planilla. Tuve una duda acerca de sus apellidos. La interpelé.

  • ¿Eres Amaia tal y cual?

Me miró con cara de “qué cosas preguntas, si ya te lo he dicho”, y luego repitió con claridad sus dos apellidos y su nombre. Y apostilló:

  • Pero seguramente lo escribirás mal. Amaia es con i pequeña.

  • Vale -le asentí-. Ya lo escribo bien: con i latina.

No me dijo nada. Estaba seguro de que haberle cambiado su “i pequeña” por “i latina” no le habría pasado desapercibido en absoluto. Y dentro de poco, con ayuda de alguna otra repetición, Amaia asimilaría de la manera más natural que la “i pequeña” se llama también “i latina”.

Recordé que veinticinco años antes yo había trabajado con alguien de su mismo primer apellido.

  • ¿Sabes? -le pregunté-, yo trabajé una vez con una persona que se llamaba como tú de primer apellido. En tal -dije el nombre de la empresa, muy conocida en Pamplona por todos los que comen pan porque prácticamente tiene el monopolio del suministro desde hace cincuenta años-. Quizás era tu… -estuve a punto de decir padre- abuelo.

  • Cuando yo nací -presté atención a un hecho tan importante-, mi abuelo había muerto tres años antes.

No seguí inquiriendo. Es natural que para una niña de siete años, la historia de su familia empiece prácticamente con ella. Que supiera situar con exactitud un hecho acaecido tres años antes, seguramente indicaba lo importante que había sido el abuelo en la familia y lo mucho que se le recordaba. Saber dónde trabajaba su abuelo veinte años antes era excesivo.

Su monitor se acercó a la mesa para darle instrucciones acerca de cómo tenía que anotar en la planilla cada uno de los movimientos que fuéramos haciendo, la inicial de la pieza y la casilla de destino. Tengo entendido que en los juegos escolares no se anota la partida porque el ritmo es de 25 o 30 minutos. Así que esta inscripción en masa de chavales en un torneo “de mayores” servía para que practicaran la anotación, además de para que se acostumbren a estar sentados durante horas delante del tablero y de señores que podrían ser sus padres o abuelos.

Cuando el árbitro dijo aquello de “Podéis empezar”, Amaia no me defraudó y puso en marcha el reloj. De todos los gestos rituales de la partida, poner en marcha el reloj es una de las cosas que realizan con más fruición los chavales.

No juego e4, salvo cuando lo hago con niños, que sé que se sienten en territorio conocido respondiendo 1. …e5. Pero Amaia me sorprendió con un precoz 1. …c5. Podría decir que jugamos una Variante Alapin de la Siciliana. Ella movía las piezas con corrección y cierto sentido del desarrollo. No las dejaba descuidadas. Cuando hostigué un caballo suyo con uno de mis peones, lo retiró rauda. Pero cuando amenacé instalar el mío en d6, no supo ver el doblete que seguiría al rey en e8 y al alfil en b7. En términos piagetianos, diría que Amaia estaba empezando a salir del egocentrismo cognitivo. El ajedrez le vendría estupendamente para culminar el proceso.

Me enroqué largo. Me preguntó:

  • ¿Cómo se apunta esa jugada que has hecho?

  • ¿El enroque? Mira -le alargué la planilla con el dedo señalando la jugada y completé- El enroque corto se apunta con dos círculos y una raya en medio. Yo me he enrocado largo, y eso se apunta con tres círculos y dos rayas.

Al cabo de diez jugadas más yo ya había construido una red de mate alrededor de su rey con dos torres y dos peones, apoyado en un tercer peón suyo, un peón traidor que limitaba por la espalda la movilidad de su rey. Entonces le propuse:

  • ¿Quieres que lo dejemos en tablas?

  • ¿Por qué? -me preguntó a bote pronto.

No sabía qué responderle. En mi cálculo estaba que si le ganaba, la siguiente ronda me enfrentaría con el primero o el segundo del ranking. Quedarme con medio punto quizás fuera suficiente para eludir a los niños y al mismo tiempo esquivar un emparejamiento que no me atrevía a desafiar. No se lo podía explicar. Así que le dije:

  • Mira, si avanzo este peón aquí -señalé el avance a4-, es mate.

  • Vale -me contestó sin detenerse apenas a mirar las consecuencias de esa jugada de avance.

Es posible que Amaia no entendiera lo que pasaba en el tablero. De todas las reglas del ajedrez, la que define el mate es la más compleja para un niño que empieza. Y si por un casual había comprendido que perdía la partida porque era mate, o simplemente lo había aceptado porque yo se lo estaba diciendo, más incomprensible le resultaría que yo le ofreciera tablas.

Ella empezó a restituir las piezas a su posición de partida. Ese es otro de los rituales que un adulto puede pasar por alto, pero jamás un niño. Le dije:

  • Espera, hay que firmar la planilla.

Me vio hacerlo y me imitó poniendo su nombre en el mismo sitio de su planilla que yo. Me fijé entonces en la cabecera.

  • Esto lo has dejado en blanco.

  • Es que no sé lo que hay que poner.

  • Quieres que te lo rellene?

  • Vale.

Y mientras ella ponía piezas, yo le completé la planilla.

Vino el árbitro a recogerlas. Arranqué las copias, y le di la suya a Amaia. La miró extrañada.

  • No está igual. Está escrito de otro color.

  • Es que es papel autocopiativo.

Y con esta última explicación nos despedimos. Le quedaban seis rondas más para aprender lo que es el papel autocopiativo, cómo se anota el enroque, qué es el jaque mate y la oferta de tablas. No me cabía duda de que aprendería todo eso y muchas cosas más.

En la ronda siguiente, contradiciendo mis cálculos, me volvió a tocar otro niño de la misma edad. Se sentó frente a mí reconcentrado. Su monitor, que era el mismo que el de Amaia, le dio las mismas instrucciones sobre cómo anotar la planilla. No respondió palabra ni gesto alguno.

Su segundo apellido coincidía con el primero de Amaia. Y puesto que eran del mismo club de ajedrez, sospeché que podían ser primos. Era una buena forma de iniciar la conversación con él. No sirvió de nada. No solo no eran primos, o al menos lo negó dos veces con la cabeza, sino que mi pregunta, que le daba pie para hablar de una niña que asistía a las mismas clases de ajedrez que él, no sirvió de abrelatas para su mutismo.

Jugamos. Diez movimientos antes que a Amaia le daba mate con alfil y caballo. Sin oferta de tablas. Tenía que ganar, mi torneo había empezado. Y en ese momento lo vi temblar, estremecerse. Las lágrimas se le escurrían por las mejillas. Me sentí la persona menos indicada para consolarle, ya que era el causante de su desgracia. Vi a su monitor no muy lejos. Le hice un gesto con el brazo y se acercó. Poco le dijo y quizás no lo más oportuno. Le señaló la planilla, completamente en blanco. “Tienes que rellenar la planilla”. Mecánicamente, le alargué la mía deseando que empezara a copiarla y dejara de llorar. El monitor se fue a buscar a su madre, aunque por las medidas covid nadie salvo los jugadores podía estar presente en la sala de juego sin autorización de los árbitros.

El niño seguía perdido. Le dije “¿Quieres que te rellene la planilla?”. Me la alargó en un gesto de asentimiento. Se la rellené a tiempo de que el árbitro la cogiera y de que la madre recogiera al niño. Le di su copia al niño. Añadí algo sobre guardarlas en una carpeta y meter las partidas en el ordenador “para que el ordenador te diga las jugadas que has hecho buenas y las que has hecho malas”. El niño no dijo nada. Su madre me dio las gracias por él y me dijo un “Sí, eso haremos. La guardaremos en una carpeta y en el ordenador”. Salieron agarrados de la mano. Solo jugó una ronda más, con el mismo resultado, y desapareció del torneo en las últimas cuatro.

No era la primera vez que asistía al derrumbe de un niño cuando pierde la partida, aunque no como causante. Un año antes de la pandemia, me paseaba entre los tableros de uno de esos Open que se celebran en verano, en Oviedo. En la última fila jugaba un guaje de apenas diez años. No se lo estaba poniendo fácil hasta ese momento a su rival, un señor de pelo y barba cano, sesenta y tres años, que en repetidas ocasiones le pedía al chaval la planilla para corregir y completar la suya. No es buen síntoma equivocarse anotando. Sin embargo, fue el chaval el que se equivocó sobre el tablero, perdió la dama y comprendió que con ella perdía también la partida. Se echó a llorar. Siguió jugando durante diez o doce movimientos más, anotándolos escrupulosamente, pulsando el reloj metódicamente y llorando sin parar, inconsolable. Y durante esos últimos y agónicos movimientos, profundamente absorto, cogió maquinalmente el batido que desde atrás le alargaba su madre solícita, para devolverlo inmediatamente en cuanto se dio cuenta de lo que tenía en la mano: seguramente hubiera preferido su dama. No era la primera ni la segunda ni la tercera partida que perdía. Pero venía de ganar en la ronda anterior a un chaval cinco años mayor y quizás sus expectativas se habían disparado. De todos los que pugnábamos aquella tarde sobre el tablero, nadie como él, derrotado en aquella jornada, podría haber dado una definición más clara de lo que es la Victoria.

En el hilo argumental de este artículo que está empezando a ser demasiado largo, debería enhebrar aquí anécdotas similares de la infancia de Bobby Fischer o Anatoly Karpov. Enlazaría también con el miedo a perder que ha sobrecogido a tantos jugadores adultos en algún momento de su carrera. Y adornaría el artículo con citas de obras literarias y cinematográficas que han subrayado el carácter obsesivo del juego. Todo ello para concluir algo que muy pocos lectores me discutirán: que ningún juego o deporte puede reclamar con tanta autoridad como el ajedrez el lema de “ganar o morir” de los gladiadores, a pesar de ser el más incruento de los combates, el de menos contacto físico. Una partida de ajedrez involucra toda la energía psíquica de los contendientes y su resultado no se decide por ninguna dimensión física mensurable como el “citius, altius, fortius” olímpico, sino por un pulso mental en el que el vencedor doblega espiritualmente al derrotado. Más allá de cada partida, la excelencia en la práctica del ajedrez, sea al nivel que sea, requiere también de un esfuerzo y dedicación que puede llegar a absorber o desviar las otras facetas de la vida del ajedrecista. Se ha dicho no sin exagerar demasiado que el ajedrez no es un juego, sino una enfermedad.

Podemos despreocuparnos, hasta cierto punto, de cómo sobrelleva el adulto esta enfermedad, esta adicción. En cambio, no podemos pasarla por alto cuando se trata de niños. Les llevamos al ajedrez porque sabemos que va a acelerar su desarrollo cognitivo, primero empujándoles a superar el Rubicón egocentrista de los siete años, después desarrollando su capacidad de cálculo, de manejo mental de símbolos y operaciones, que tanto les va a ayudar en las clases de matemáticas o en la descodificación fluida del nuevo código lingüístico escrito que están aprendiendo. Deberíamos impedir que el ajedrez fuera para algunos de ellos causa de sufrimiento. Ganar o morir no debe ser una lección para niños.

¿Cómo? En primer lugar, poniendo en valor el ajedrez no competitivo. Jugar al ajedrez en el recreo escolar, en una actividad extraescolar o de manera casual, no solemniza el resultado de la misma forma que toda la parafernalia de árbitros, relojes, trofeos, clasificaciones, publicación de resultados, sin perder por ello ninguna de sus virtudes cognitivas.

No obstante es imposible cerrar el paso al ajedrez competitivo, una realidad cultural de nuestra sociedad. La práctica del ajedrez competitivo también tiene facetas positivas, pues inicia a los niños y adolescentes en hábitos de autocontrol, reflexión y toma de decisiones. Pero queda a la responsabilidad de sus profesores y monitores, y por supuesto de sus padres, evitar la deriva extrema. ¿Cómo? Dejadme desarrollar una propuesta.

Hay en el ajedrez adulto actitudes hacia el juego superadoras de su faceta rabiosamente competitiva. Voy a tirar del hilo que se esconde tras una cita de Tartakower: “el vencedor de una partida es el que comete el penúltimo error”. Cualquier veterano asentirá tras muchas derrotas y victorias: no he ganado mis partidas, es mi rival el que las ha perdido, ni es mi rival quien me ha ganado, sino yo el que he perdido. El jugador veterano sabe que, detrás de cada rival al que se enfrenta, subyace otro enfrentamiento de los dos jugadores contra la complejidad del juego. La antiquísima costumbre del análisis post partida entre los dos jugadores, abre un espacio de cooperación con el rival. Los dos, en cierto modo, están colaborando en seguir los pasos que ya se han dado antes en esa otra partida inmortal, eterna, que es el propio juego del ajedrez desde sus orígenes.

Pero la realidad del ajedrez institucional (y la de sus paralelos online) es la de un “lanista” romano ocupado en organizar los mejores “ludi”, los más espectaculares, los más rentables publicitariamente, los que alimentan el fuego competitivo de la multitud. El actual sistema de rating elo en el que participan cientos de miles de jugadores (y que nutre la tesorería de la FIDE), se ha consolidado como lo único que importa del juego: un gana-pierde continuo de ámbito universal. El juego se ha convertido en una adicción para yonkis de ese gana-pierde alimentada por camellos que ofrecen una panoplia de productos y servicios ajedrecísticos con nombres tan sugerentes como “destroza la siciliana”, “castiga los errores”, “bombardea el centro blanco”, “destruye la Caro-Kann”.

Reconozcamos, no obstante, que el rating elo ofrece un feedback al aficionado que indirectamente mide su progreso en el juego. Una valoración distorsionada en múltiples dimensiones, pero la única posible cuando se estableció hace muchas décadas.

Hoy en cambio es posible obtener una valoración de nuestro juego mucho más objetiva y directa, y además no contaminada por el resultado de la partida. Los motores de ajedrez han establecido un techo, un nivel de juego casi perfecto para la mente humana. Disponemos de herramientas que, en combinación con esos motores, cuantifican la calidad de nuestro juego, unas veces medido como un % de precisión, otras como una pérdida o desviación promedio en centipeones respecto al juego perfecto. Herramientas que, además, se usan con éxito para detectar precisamente a los tramposos que se ayudan de esos motores en la competición.

Mi propuesta es dar un feedback público y respaldado federativamente o por plataformas de juego online que mida exclusivamente el grado de perfección de nuestro juego partida a partida. Que el jugador pueda ver reflejado que este mes o en aquel torneo su precisión de juego fue del 92% o cayó al 86%, o que hace un año jugaba 2 puntos mejor o peor. El 1-0, el 0-1 y el ½- ½ no son los únicos resultados posibles de una partida: hay muchas formas de perder, de ganar y de entablar.

Este sistema sería independiente del resultado y, hasta un cierto punto, del nivel del rival. Mi experiencia es que es más fácil obtener una puntuación casi perfecta frente a un rival que comete errores de bulto. Quizás por ello, para evitar distorsiones, se debieran omitir en este sistema de rating las partidas ganadas frente a aquellos rivales que se desempeñan muy por debajo de nuestro nivel. Pero es indudable que las partidas igualadas y, sobre todo, las partidas perdidas deben formar parte de ese rating, porque es en las dificultades donde tenemos ocasión de darlo todo.

De esta forma marcaremos el acento sobre la faceta colaborativa del ajedrez, sobre la necesidad de un buen rival para tener una buena partida. Y también sobre la competición contra uno mismo, la superación personal, más que sobre la derrota ajena.

Publicado en Didáctica | Etiquetado , , , , , , | Deja un comentario

La mujer en el ajedrez medieval (2): el papel de Isabel la Católica en el origen del ajedrez moderno.

«No debería sorprendernos que la transformación oficial de la reina del ajedrez en la pieza más fuerte del tablero coincidiera con el reinado de Isabel de Castilla«, nos dice Marilyn Yalom. En realidad no debería sorprendernos, tampoco, que Marilyn Yalom abrace esta coincidencia tan alineada con el hilo argumental de su libro, siempre enhebrando los puntos de conjunción de la Historia con el tablero, tal como describo en el post anterior. En las líneas que siguen veremos qué da de si Isabel I de Castilla y si acaso no deberíamos mudar el enfoque y explorar otro sendero que nos lleve más lejos.

 

Alferza versus Reina, los vaivenes geográficos y el retraso peninsular.

La temprana identificación del alferza con el papel político de la Reina medieval se manifestó por vez primera en Einsiedeln, en el corazón del Sacro Imperio Romano Germánico, y se difundió desde allí hacia el norte, el sur y el oeste. Nunca llegó a imponerse en el este, en Rusia, lugar de Europa donde el alferza ha pervivido mucho más tiempo que en la Península Ibérica. Aún haciendo sitio a la koroleva a partir de Catalina la Grande, lo cierto es que desde Botvinnik a Kasparov, todos los campeones mundiales han luchado con el ferz contra la Reina occidental. Ésta y alguna peculiaridad más (ladya o barco por torre), son el resultado de que el ajedrez más allá de los Cárpatos tuviera otras vías de recepción y otras influencias culturales que lo mantuvieron distante del ajedrez europeo occidental. 

Como seguramente también ocurrió en España mientras hubo influencia musulmana, a la que justamente pone punto final Isabel I de Castilla. Sorprende que en 1283, tres siglos después del advenimiento de la Reina del ajedrez en 997, en España se siguiera manteniendo la terminología árabe de las tres piezas: alferza, alfil y roque. Así lo atestigua el Libro de açedrex, dados e tablas de Alfonso X el Sabio, la obra más importante o si acaso la más vistosa del ajedrez medieval, aunque por su carácter de manuscrito de la biblioteca real, no la más difundida ni la que más influyó. En estos tres siglos entre 997 y 1283 sólo hay un caso, una cita de «Reina» en boca o pluma de un natural peninsular, que parece contradecir la pervivencia del alferza, pero que en realidad la ratifica.

Al judío natural de Tudela, Abraham ben Meir ibn Ezra (1092-1167), un intelectual medieval como la copa de un pino, se le atribuyen dos poemas sobre ajedrez. En uno de ellos la nomenclatura de las piezas ignora a la Reina y coincide totalmente con el Libro de los Juegos alfonsino de un siglo más tarde. En el otro poema el firz o alferza es reemplazado por la Shegal, la Reina en hebreo. Aunque no podamos datar la fecha exacta de cada poema, sí sabemos que ibn Ezra empleó los veinticinco últimos años de su vida en viajar por Italia, Francia e Inglaterra. ¿Alguna duda sobre el orden cronológico de los poemas y dónde conoció ibn Ezra a la Reina del Ajedrez?

Tampoco después del Libro de açedrex, dados e tablas de 1283 y antes de la explosiva irrupción de la Dama dotada de superpoderes a finales del XV, hay documento alguno que atestigüe en el ámbito peninsular el uso de Reina o Dama en lugar del alferza, y sí hay documentos que acreditan la buena salud del alferza. El Romance de Fajardo nos cuenta un lance de la Reconquista embebido en una partida de ajedrez:

Jugando estaba el rey moro y aun al ajedrez un día
con aquese buen Fajardo, con amor que le tenía.
Fajardo jugaba a Lorca y el rey moro Almería.
Xaque le dio con el roque, el alférez le prendía.

En esta partida literaria encontramos sobre el tablero al alferza persa-árabe en su traslación fonética como «alférez», ya documentada en el Libro de los Juegos alfonsino de 1283. Desconocemos la fecha de composición del Romance, pero Alonso Fajardo el Bravo murió en 1463 siendo alcaide de Lorca. Si la literatura fuera testigo fidedigno de la historia, estos encuentros eran comunes todavía en la segunda mitad del siglo XV y podemos suponer que el alferza sobrevivió mientras jugadores de lengua árabe entablaron partidas con jugadores de lengua… castellana. He dicho castellana, por Castilla. Moros y cristianos castellanos dejaron de jugar al ajedrez justamente en 1492, con la toma de Granada por Isabel I de Castilla.

Diferente fue el caso de la Corona de Aragón, que había perdido el contacto con el mundo musulmán peninsular hacia 1304, cuando el avance castellano hacia el sur y el este llegó a las playas del Mediterráneo. Sabemos que el Rey de Aragón Martín el Humano (1356-1410) poseía, además de una impresionante colección de conjuntos de ajedrez, una pequeña biblioteca de manuscritos del juego en la que, por inventario, se enumeraban dos libros en lengua francesa y cuatro en catalán (o tres en catalán y uno en latín, no está claro). Lamentablemente los libros se han perdido. No hubiera sido extraño constatar que en la Corona de Aragón, o en parte de ella, se utilizara ya la Reina germánica al tiempo que en Castilla y Portugal aún sobrevivía el alferza musulmán

Scachs d’amor, primera mención de la Reina en el ajedrez peninsular, primera Reina del ajedrez moderno.

Un estudioso fotografió en 1914 el manuscrito Scachs d’amor encontrado en 1905 y hoy perdido

La primera evidencia de que la Reina juega en el ajedrez peninsular se data entre 1475 y 1485 (según Ricardo Calvo) y en el ámbito de la Corona de Aragón. Es el poema valenciano Scachs d’amor, un trasunto de la literatura simbólica ajedrecística tan típica del medievo, que contiene en 64 alegóricas estrofas una partida completa desde la apertura hasta el mate final, perpetrado por la Dama y Reina del tablero. Lo sorprendente de este poema es que la Reina, como el Alfil, se mueve ya según las reglas modernas. Es el primer documento conocido que las acredita, es un documento consciente de la novedad de esas reglas que además presenta como propias.

De un solo golpe, el ajedrez peninsular recupera un retraso de cinco siglos respecto al ajedrez medieval haciendo sitio a la Reina, y al mismo tiempo lo arrumba, lo deja atrás, dando paso al ajedrez moderno, al alfil y a la dama modernos. La evidencia de esta ruptura sería remachada pocos años después (1497) por el libro de Lucena. Las conexiones entre Scachs d’amor, el libro de Lucena y el incunable perdido de Francesc Vicent (1495) han sido materia de muchos estudios y alguna polémica entre los historiadores contemporáneos del ajedrez. Pero nadie relevante pone hoy en duda que el ajedrez moderno, el ajedrez “de la dama” en expresión de Lucena, naciera en España un poco antes del 1500.

¿Qué inspiró Isabel I de Castilla, el juego o el poema?

La influencia de Isabel I de Castilla en el nacimiento de la dama del ajedrez moderno ya fue insinuada por Staunton en una fecha tan temprana como 1844: «Lo más probable es que… la galantería de los caballeros moros en Granada dotara a la Reina del ajedrez con el reinado y el dominio casi ilimitados que ha disfrutado desde entonces«. Pero ninguno como el historiador del juego de damas Govert Westerveld ha insistido con más tenacidad en esta apreciación, que él también extiende al juego de damas, hasta conseguir convertirla en un lugar común para los divulgadores de la historia del ajedrez. Otros historiadores como Ricardo Calvo o Peter J. Monté se han hecho eco sin más de esta interpretación, pero sólo José Antonio Garzón, alentado por Govert Westerveld, ha conseguido encontrar el rastro de Isabel la Católica en las estrofas de Scachs d’amor.

Staunton no supo de la existencia del poema Scachs d’amor, descubierto en 1905. Si él, un hombre del siglo XIX, vio guiada su intuición por el imaginario construido cuatrocientos años antes alrededor de la figura de Isabel y que ha llegado hasta nuestros días, cuánto más influidos no estarían los propios autores del poema, cuyas biografías los sitúan en el entorno del rey Fernando.

Además, la fecha de composición del poema es muy próxima a dos acontecimientos impactantes de la vida de Isabel: el primero, su autoentronización en diciembre de 1474, justo en las 48 horas siguientes al fallecimiento de su hermanastro Enrique IV, en un acto de extrema resolución y con asunción de símbolos viriles de poder, como la espada, que incluso molestaron a su esposo Fernando; el segundo, la Concordia de Segovia de enero de 1475, que puso paz entre los esposos y dejó claros los derechos sucesorios de Isabel por delante de los de Fernando y su mutua relación de igualdad en el gobierno. Podemos suponer que tales acontecimientos darían mucho que hablar en Aragón del rey Fernando hacia abajo, hasta llegar a los autores del poema.

Sin embargo, ni Fenollar, Vinyoles o Castellví, los alegres poetas mancomunados de Scachs d’amor, ni el ditirámbico Lucena, que tuvo ocasión de insertar alguna referencia en su dedicatoria al príncipe Juan, hijo de Isabel, ninguno nos ha dejado mención expresa a la Reina Isabel.

Govert Westerveld ha citado alguna vez como apoyo a su inferencia la obra de Pedro de Covarrubias Remedio de jugadores, impresa en 1519, quince años después del fallecimiento de Isabel y cuando el ajedrez de la dama estaba dejando de ser una novedad. Esta obra de 185 páginas dedica sólo cinco al ajedrez, y su contenido sigue la estela de la literatura moralizante medieval al estilo del Ludus Scachorum del dominico lombardo Jacobo de Cessolis, la obra más difundida del ajedrez medieval. Todo el apoyo para argumentar la inspiración isabelina del ajedrez de la dama está en este párrafo: «La reyna se muda (mueve) como todos los inferiores porque el poder y gracia quellos particularmente reciben del rey recibe ella junto y más cumplido. Salvo el movimiento de los cavalleros porque el pelear no conviene a las mugeres. Ellas aunque actualmente no pelean van en el real algunas vezes por mas animar a los suyos y provocar a su defensa y mas espantar los enemigos: como hazia nuestra gran reyna dona ysabel en la guerra de granada». Recordemos que Scachs d’amor termina con un jaque mate perpetrado por la Dama, que entremedias ha capturado un alfil en f3, un peón  en b7 y un caballero en d7. ¿Cómo se concilia esta dama rabiosa, enragée, con «porque el pelear no conviene a las mugeres»?

Más sólido es el análisis en clave alegórica de algunas estrofas de Scachs d’amor que realiza Jose Antonio Garzón en su obra El regreso de Francesc Vicent. La estrofa 54 es crítica: «Digo que la Reina tenga el movimiento de todas las piezas, salvo el caballo. Pues nuestro juego quiere adornarse de un estilo nuevo y sorprendente para el que lo mira, pues realza la dignidad de la Reina, otorgándole la espada, el cetro y el trono«. La mención de la espada como atributo de la reina solo puede interpretarse, dice Garzón con todo fundamento, como un eco del gesto desafiante de Isabel I de Castilla en su coronación en Segovia el 13 de diciembre de 1474. Fue aquel un acto genial de propaganda política en un momento crucial en el que la joven reina, al ocupar el trono, no se limitó a ostentar el cetro sino que exhibió delante de ella la espada de justicia, algo inusitado para una mujer, con la deliberada intención de intimidar a los que se le oponían y ganarse a los indecisos.

Como inspiradora del poema Scachs d’amor, Isabel I de Castilla es una hipótesis muy difícil de negar y que casa muy bien con otros indicios encontrados por Garzón que fechan el poema entre 1475 y 1477, como la filigrana del papel utilizado que atestigua su lugar de fabricación y fechas aproximadas de comercialización, o la conjunción de Marte, Venus y Mercurio mencionada en el poema, que en la realidad astronómica ocurrió dos veces, en 1475 y en 1477.

También es significativa la interpretación que se puede hacer de tres de las cuatro reglas del juego que se refieren a la dama, que ni han perdurado ni han tenido influencia alguna en el ajedrez posterior. Veamos esas reglas:

  • No puede haber más de una reina en el tablero (estrofa 60), lo que más que limitar la promoción solo al supuesto de que la original haya desaparecido, en realidad la impide según la siguiente regla.
  • Si se pierde la reina, se pierde el juego (estrofa 63). Obsérvese que en la partida de Scachs d’amor las negras, en lugar de recibir mate, podrían haber ganado la partida capturando la dama blanca que en su penúltimo movimiento justo antes del mate (estrofa 61), captura un caballo en d7 dando un «beso en la mejilla» al rey negro situado en e8. El rey negro, en lugar de capturar la dama blanca y ganar la partida, retrocede a f8, recibiendo mate a la siguiente con Dd8.
  • Otra extraña regla es que las reinas no pueden capturarse mutuamente (estrofa 57), al igual que los reyes.

Estas reglas que tan poco sentido parecían tener y tan poco recorrido han tenido, se han interpretado en forma de paralelismo con la situación de guerra civil en Castilla, en la que las dos reinas que se enfrentaban, Isabel y Juana «la Beltraneja», no lo hacían directamente en el campo de batalla. Es decir, estas reglas parecen pensar en Isabel I de Castilla y se suman a la indudable referencia a la espada de la Reina en su coronación.

Isabel I de Castilla inspiró el poema Scachs d’amor. Pero es más cuestionable la hipótesis de Isabel I de Castilla como inspiradora de la reforma del juego que dio poderes a la Dama. Las 64 estrofas de Scachs d’amor, que describen otras 16 reglas además de las cuatro que atañen a la Reyna, ni siquiera se molestan en describir los movimientos del nuevo alfil, que se desplaza ya de la manera moderna. El movimiento del alfil no es novedad.

En cuanto a la dama, poco creíble es que una reforma de tanto calado como darle las capacidades del alfil y de la torre, pueda surgir y plasmarse en el reducido cenáculo de tres aficionados ajedrecistas en el curso de unos pocos días o semanas. El juego es una práctica social y las novedades requieren tiempo y difusión para que se ensayen, perfeccionen y finalmente se acepten socialmente. De nuevo, como cuando comentaba en el artículo anterior la tesis de HJR Murray que hace nacer el juego del ajedrez ya acabado de la mente de un creador individual, solo en la mitología ocurre que Palas Atenea venga al mundo desde la frente de Zeus ya vestida con su panoplia completa.

El nuevo juego, con los nuevos movimientos del alfil y la dama, ya se estaba practicando en Valencia antes de que se compusiera Scachs d’amor. Es muy probable también que la propia denominación de la pieza ya hubiera mutado de alferza a reina/dama en algún momento del siglo XV o antes en el ámbito de la Corona de Aragón, desconectada del mundo musulmán peninsular desde 1304 y más abierta a las influencias mediterráneas, italianas y francesas. En el texto del poema aparece indistintamente Reyna (29 veces) y Dama (46 veces) Eso es un indicio de antigüedad en el cambio de denominación. El ajedrez de la dama ya existía, la dedicatoria a la Reyna es la novedad.

Entonces, ¿por qué en el poema se explican los movimientos de la dama y no los del alfil? Porque el leit-motiv del poema es la Reina, la Reina del ajedrez y su paralelismo con la poderosa Reina de Castilla. Los movimientos de la dama se explican sucintamente al comienzo de la estrofa 54 con una sola y concisa frase, Diu que la Reyna vagie axi com tots, sino Cavall (Dice que la Reyna se mueve como todos, salvo el caballo) Sin esa explicación no habría punto de apoyo para los nueve versos siguientes que explican lo importante: su contenido simbólico.

Mas nostre joch de nou vol enremar se 

de stil novell e strany a qui be·l mira, 

prenent lo pom, lo ceptr’e la cadira. 

car, sobretot, la Reyna fa honrar se. 

Donchs, puix que diu que mes val e mes tira, 

per tot lo camp pot mol be passegar se, 

mas torçre no, per temor ni per ira. 

Quant mes se veu la libertat altiva, 

mes tembre deu de caure may cativa.

(el texto completo en inglés, aquí)

No era necesario dedicar una estrofa a los movimientos del alfil, porque el alfil no importaba. Importaba el contenido simbólico de los movimientos de la Dama.

Es fácil imaginar como surgió el poema. Después del impacto de la noticia de la coronación de Isabel I de Castilla, los tres alegres y jóvenes poetas, bien colocados en la administración de Fernando el Católico, conscientes de que en Castilla se jugaba con el alferza y las viejas reglas, quisieron honrar a su Reina castellana que con tanta decisión había dado un vuelco espectacular al tablero político peninsular, equiparándola con su reina valenciana del ajedrez y añadiendo otras reglas sobre la Reina que no han tenido continuidad por su incoherencia, pero que parecen responder, más que a las necesidades del juego, a un «como si» forzado al máximo para intentar ajustarse a lo que estaba sucediendo en esos momentos en el mundo real, en la Castilla donde Isabel, después de haber fijado los términos de igualdad con Fernando, libraba una guerra victoriosa contra su rival Juana la Beltraneja.

Isabel I de Castilla NO inspiró el nuevo ajedrez sino tan solo un poema alegórico del nuevo juego, de la misma forma que el ajedrez no fue inventado por Jacobo de Cessolis ni por el anónimo autor del poema de Einsiedeln. Seguir la pista del nuevo ajedrez a través del simbolismo del juego no nos lleva más lejos. Hay que mudar el enfoque o al menos completarlo. Debemos centrarnos en su pura práctica sobre los tableros.

El ajedrez medieval era lento y aburrido: había que reformarlo.

Claro que podemos preguntarnos qué indicios puede dejar una nueva práctica ajedrecística antes de que justamente se refleje como una modalidad de juego ya acabada, como una norma de facto. Es cierto que en el XVI y XVII tenemos registros documentales sobre las dudas y vacilaciones sobre aspectos técnicos del juego como la captura al paso y el enroque. Pero esos registros documentales son libros impresos y la imprenta nace en la segunda mitad del XV y le lleva décadas afianzarse y extenderse. ¿Cuántas décadas de ensayo y error sobre los tableros llevaban el nuevo alfil y la nueva dama? La imprenta llegó a tiempo para fijar las nuevas reglas y para universalizarlas, a lo que ayudó no poco el drama de los judíos españoles, su expulsión, así como el exilio de judeoconversos perseguidos por la Inquisición.

La fulminante implantación en España, Italia y Francia del nuevo ajedrez, del ajedrez “de la dama”, habla por sí misma de la mejoría del nuevo respecto al viejo, sin necesidad de que intervenga para nada el posible simbolismo de una reina de ámbito peninsular que desaparece en 1504. Es ahí, en las carencias del viejo ajedrez como causa del cambio, donde se podría indagar para encontrar el cómo del cambio.

Sabemos que el ajedrez medieval era lento para la percepción de sus contemporáneos. Sabemos que a veces se jugaba con dados, una forma que reduce su atractivo intelectual pero que le daba viveza. A diferencia del ajedrez moderno, donde la teoría de aperturas, la fase inicial del juego, se ha hipertrofiado, el ajedrez medieval, como el árabe, tenía predilección por los problemas, por los mansubat (arreglos o posiciones, en árabe) Las primeras jugadas transcurrían sin apenas interacción entre los dos jugadores, que movían sus piezas y peones buscando alcanzar una tabiya, una “disposición de combate”, prácticamente sin tener en cuenta las jugadas de su oponente.

En rojo, las casillas accesibles a los alfiles negros. En azul las casillas accesibles a los alfiles blancos. No interaccionan.

¿Y cómo era el medio juego, una vez superada la lenta apertura? Algunas características las podemos suponer.

Los alfiles, que en el juego moderno pueden alcanzar cada uno de ellos las 32 casillas del color de su diagonal en uno o dos movimientos, en el medieval solo podían llegar a 8 y necesitaban tres saltos para alcanzar las dos más lejanas. No tenían posibilidad alguna de interaccionar con el alfil contrario del mismo color de casilla porque sus respectivos “saltos” impiden que se toquen. Solo 16 casillas del tablero son cubiertas entre los dos alfiles medievales, por las 64 del par de alfiles modernos. Las dos diagonales centrales, tan importantes estratégicamente en el juego moderno, son inaccesibles para cualquiera de los cuatro alfiles medievales.

En cuanto a la dama/alferza, en lugar de poder acceder como ahora a cualquiera de las 64 casillas en uno o dos movimientos, solo tiene acceso a la mitad, 32, y a paso lento, casilla a casilla. Por supuesto, el alferza de un bando no interacciona con el alferza del otro bando, ya que se mueven por casillas de distinto color.

Solo el caballo, a su manera, la torre poderosa y el rey paso-a-paso, podían alcanzar todas las casillas del tablero. Probablemente -suposición de alguien que no ha practicado el ajedrez medieval-, la limitada potencia de juego de las piezas daría lugar a que muchas partidas se agotaran sin determinar un vencedor, como ocurre en los finales con alfiles de distinto color. El ajedrez medieval era lento, limitaba la interacción entre las piezas y podía producir muchas partidas no decididas. ¿Era percibido así por los jugadores?

El Libro de los Juegos de 1283 nos da pistas cuando describe sucintamente otras variantes de ajedrez, sin duda de inspiración árabe, como prácticamente todo el manuscrito alfonsino. Está documentado en casi todas las épocas a lo largo del mundo islámico la existencia de variantes de ajedrez, intentos de mejorar el juego que no llegaron a desplazar la variante principal y casi única de ajedrez.

Los movimientos del Aanca o Grifo, según el Gran Açedrez

Una de esas variantes, el Grant Açedrex, resulta de interés como precedente de los movimientos de la Reina y el Alfil moderno. El Gran Ajedrez se jugaba en un tablero mucho más grande, de 12 por 12 casillas. Los peones se situaban adelantados en la cuarta fila, en lugar de en la segunda, sin duda para propiciar un contacto rápido. Una de sus piezas, el Cocatriz, sigue exactamente los pasos del alfil moderno. Otra, la que ocuparía la posición del alferza en el centro junto al rey, es un ave mítica en el mundo islámico, la Aanca. Su movimiento es complejo: una casilla en diagonal y luego todo derecho, horizontal o verticalmente, excepto las cuatro casillas adyacentes de color inverso. Prácticamente es como tener dos torres en una. O un caballo-torre, si la primera casilla en diagonal se salta.

La partida de ajedrez – (Lucas Van Leyden), reproduce una partida del Ajedrez del Mensajero

No sólo el mundo islámico buscaba un juego menos aburrido. Alemania conoció el Ajedrez del Mensajero desde el siglo XII al XVIII, sobre un tablero de 12 por 8, con una pieza, la que da el nombre a la variante del juego, que se movía exactamente como el Cocatriz o nuestro alfil moderno. Ese nombre, Mensajero o Corredor, es el que le ha quedado al alfil en el juego moderno en alemán.

Está claro que el Grant Açedrex, como el Ajedrez del Mensajero alemán, eran juegos más dinámicos con sus piezas de largo alcance. Desconocemos todo sobre su práctica en la Península, hasta qué punto era conocido y cómo era percibido por el jugador de ajedrez convencional. Pero pudo haber sido, en la Península, la chispa del cambio que prendió en toda Europa. De no haber ocurrido aquí, quizás ahora estaríamos jugando todos al Ajedrez del Mensajero.

Ese cambio no fue tan simple como limitarse a sustituir los movimientos del alfil por los del Cocatriz. Lo que importa es la intención de aumentar el alcance de las piezas, a imitación del Grant Açedrez. Con esa intención parece obvio, tal y como lo percibimos ahora y tal y como enseñamos los movimientos al niño que se inicia, que el alfil llegara a ser lo que es a imitación de una torre que se mueve por las diagonales en lugar de por las filas y columnas. Como un alferza extendido, pero manteniendo el paralelismo con las torres con su doble disposición simétrica a cada lado.

En cuanto al alferza, convertirlo en un rey extendido, en una pieza que suma una torre más un alfil, entra también dentro de la lógica con la que presentamos a los niños los movimientos de las piezas. Didácticamente, se suele explicar primero el movimiento de la torre y el de los alfiles, por su simplicidad geométrica, y posteriormente el del rey y el de la reina, que son compuestos de los anteriores. Copiar, repetir y recombinar para producir algo nuevo y al mismo tiempo simple. Alguien se atrevió, hubo dos que empezaron a jugar y, con la práctica, a percibir con placer los esquemas de interacción entre las piezas, más intensos que los del viejo ajedrez.

Isabel y el nuevo ajedrez: un viaje de ida y vuelta.

No era necesario invocar a Isabel cruzando el tablero de lado a lado, a Isabel cabalgando durante tres días sin descanso desde Valladolid hasta Uclés para irrumpir como el rayo en el Consejo de los Trece de la Orden de Santiago e imponer la voluntad real en el inminente nombramiento de Gran Maestre. No era necesario o quizás sí, vino bien a los pioneros del nuevo ajedrez ampararse en las hazañas de la Reina Isabel para allanar el camino a la nueva Reina del Ajedrez. Aunque Fernando se mosqueara.

Sabemos, hay muchos testimonios, que su cónyuge el rey Fernando era un empedernido jugador de ajedrez. No sabemos qué modalidad de ajedrez jugaba Fernando, ni qué opinaba de las nuevas reglas. Las debió conocer, sin duda. Porque Scachs d’amor se compuso para ello, para darlas a conocer en honor de Isabel.

¿Por qué no se imprimió Scachs d’amor? Los tres autores de Scachs d’amor fueron pioneros en la introducción de la imprenta en Valencia, figurando como autores y/o promotores de varios de los primeros incunables valencianos. ¿Quizás la obra no obtuvo la necesaria licencia para imprimir? Quizás en lugar del placet o el imprimatur, los tres autores recibieron una discreta colleja real. Desde luego, es muy plausible que a Fernando le hubiera escocido la partida ganada por la Reina, que le recordaba a Isabel empuñando la espada de la coronación.

Hace ya más de 500 años que cambiaron las reglas del ajedrez. Scachs d’amor, punto de arranque de aquel paso, nos trae de vuelta al siglo XXI la intención de sus autores de honrar a Isabel. También, con Marilyn Yalom, da aliento a una mirada feminista del pasado. Pero ¿qué clase de mujer era Isabel?

Isabel fue un hito excepcional en una estirpe de mujeres de tanto carácter como desgraciadas. Su madre Isabel de Portugal bregó con tenacidad entre todos los intrigantes de la nobleza que corroían la Corona de Castilla para defender la posición de sus hijos, desplazados por su hijastro Enrique, sucesor al trono. De su madre heredó Isabel la voluntad y la astucia para desenvolverse entre amigos ambiguos y enemigos insidiosos. Supo dar las bordadas oportunas entre unos y otros hasta su coronación, primero, y el triunfo en la guerra civil. No se casó por amor, pero no se dejó casar por el interés de otros. Concertó su matrimonio en secreto y supo llevarlo a término con audacia contra la voluntad de su hermanastro el rey Enrique IV y la oposición de la mitad de la corte. Una vez casada, fue una mujer enamorada, posesiva y celosa, pero siempre clarividente para llevar su matrimonio en los momentos más críticos por donde más le convenía a ella como Reina de Castilla. Nadie, ninguno de sus aliados circunstanciales, otrora amigos, otrora enemigos, ni siquiera su propio esposo Fernando, se imaginaban que aquella muchacha a la que creían estar manipulando se independizaría de ellos y los gobernaría a todos. Su proyecto político fue a la vez grandioso, sentando los cimientos de un imperio, y cruel con las minorías religiosas. No fue feminista avant la lettre: creía en ella misma y en su destino, pero creía que el papel de la mujer era el que era.

Johanna I van Castilië
ca. 1500; 34,7 x22,4 cm
Spaans Nationaal Beeldenmuseum, Valladolid

Sus hijas heredaron su carácter apasionado en lo amoroso, pero no su capacidad política. De todas ellas, Juana fue el reverso de la suerte de Isabel: tan enamorada y celosa como su madre, en un mundo donde la promiscuidad era un privilegio del varón prohibido a las hembras cuyo cuerpo daba fe de la legitimidad de la cuna, ella no recibió más que desprecios de su marido Felipe y fue ninguneada políticamente por su padre Fernando y por su hijo Carlos, que la incapacitaron y recluyeron no por loca, que nunca lo estuvo, sino para apartarla del trono. Justo la mujer con la que nunca se escribiría un libro como Birth of the Chess Queen, pero a la que no debemos olvidar si no queremos cerrar los ojos a la verdadera condición de la mujer medieval.

 

Publicado en Historia del Ajedrez, Libros | Etiquetado , , , , , , , , , , , , , , , , , , , , , , , , , | Deja un comentario

La mujer en el ajedrez medieval (1)

Birth of the Chess Queen es una interpretación feminista, más voluntariosa que rigurosa, de la aparición en los tableros europeos en el siglo X de la primera y única figura femenina, la Reina o Dama, y de su conversión a finales del siglo XV en la pieza más poderosa, la que diferencia radicalmente el ajedrez moderno del ajedrez original recepcionado a través de persas y árabes.

Marilyn Yalom (1932-2019), la autora de Nacimiento de la Reina del Ajedrez, fue profesora en la Universidad de Stanford y directora del Instituto Clayman de Investigación de Género de la misma universidad. Tiene publicadas al menos media docena de obras de similar enfoque feminista, como A History of the Wife; A History of the Breast; Blood Sisters: The French Revolution in Women’s Memory; Maternity, Mortality, and the Literature of Madness.

La originalidad de Birth of the Chess Queen son las relaciones que establece entre el ajedrez y (lo que sabemos de) la religión, literatura, arte y política de la sociedad medieval. El papel de la mujer en el ámbito lúdico cotidiano, en el ajedrez doméstico y en el cortesano, la función galante del ajedrez como una ocasión para el cortejo, son temas amenos y sugerentes que nos recrean la edad de oro del ajedrez en cuanto a prestigio social. Claro, como discurso feminista lo que cuenta Mairyn Yalom no puede tomarse por un dibujo completo y real de la situación de la mujer en el medievo, sin duda mucho menos amable fuera de las idealización artísticas y religiosas, en el mundo real de las clases no ociosas. Pero aquí lo que nos interesa son las piezas del ajedrez y cómo sus nombres y sus reglas de juego cambiaron para reflejar «algo» de la sociedad medieval, que para Mailyn Yalom es una especie de empoderamiento femenino

La Reina del ajedrez, reflejo del protagonismo político femenino.

Marilyn Yalom recorre país a país, siglo a siglo, las huellas de esa pieza, la Reina, que se va imponiendo en los tableros. Marilyn Yalom encuentra siempre un correlato con episodios concretos de protagonismo político femenino: reinas consorte, reinas viudas, reinas regentes, reinas per se..., entendiendo «Reina» en su sentido más amplio de Señora, Domina, Dama. Obtenemos así una relación de mujeres ejemplares que han ejercido el poder en el medievo occidental: Toda Aznárez de Navarra; Ermesinda, condesa de Barcelona; Urraca, reina de León y Castilla; Isabel la Católica; Adelaida de Borgoña, emperatriz del Sacro Imperio Romano-Germánico; Theophano, también emperatriz del Sacro Imperio Romano-Germánico; Matilde de Toscana; Constanza of Hauteville, reina de Sicilia y emperatriz del Sacro Imperio Romano-Germánico; Leonor de Aquitania, reina de Francia y reina de Inglaterra; Blanca de Castilla, reina de Francia; Margarita de Dinamarca, reina de Dinamarca, de Noruega y de Suecia.

Podrían haberse añadido más y más entradas a esta nómina medieval que no tiene parangón en el mundo árabe, persa e hindú, y nos hace intuir, de acuerdo con Marilyn Yalom, que algo tuvo que ver para que la Reina del Ajedrez viera la luz en esa época y lugar. Pero intuir no es explicar. El relato de Marilyn Yalom hace derivar la Reina del Ajedrez del mérito de esas mujeres, de su éxito social y político, del reconocimiento social de su importancia. La evidencia, la coincidencia, está ahí, pero la conexión queda en el aire sin dos eslabones intermedios.

El primer eslabón es que la Reina aparece para ocupar un vacío simbólico: la necesidad de adaptar la nomenclatura del ajedrez indo-persa-árabe a la visión del mundo feudal. La Reina sustituye al alferza, que solo era una pieza más de entre las seis que conforman el juego, todas ellas necesitadas de reinterpretación cuando el ajedrez llega a Europa. Sólo era una pieza más entre seis, y a ella se le aplicaron los mismos mecanismos asociativos que a las otras cinco.

El segundo eslabón es que el protagonismo político femenino en el medievo no se explica tanto por las virtudes y cualidades de unas mujeres concretas, como por el propio sistema político feudal, que aunque tendiera, como ocurría en todos los planos de la sociedad, a relegar a la mujer frente al hombre, no podía prescindir de ellas en ciertos roles sin poner en riesgo la reproducción del propio sistema.

El aspecto simbólico del juego: recepción cultural del ajedrez en la sociedad feudal.

El aspecto simbólico del ajedrez, su “como si”, no resalta para los jugadores de hoy. Lo tapa tanto el anacronismo de lo que representó en sus orígenes (elefantes, carros, caballería, infantería) como su indudable complejidad, que le da otro tipo de atractivo puramente intelectual mucho más intenso. Los nombres y las formas de los trebejos son más excitantes para los niños que se inician en el juego que para la imaginación de los adultos. La infancia del ajedrecista se parece mucho a la infancia del ajedrez.

HJR Murray se levantaría de su tumba si leyera que el ajedrez nació probablemente sobre un tablero usado para un race game como el parchís en el que los dados determinaban la pieza a mover. Esto no pasa de ser una hipótesis como cualquiera de las otras que circulan por los libros, todas ellas indemostrables e irrefutables por falta de documentos que las acrediten o desmientan. Pero la más plausible en mi opinión. Mucho más plausible que la de HJR Murray, que hace nacer el juego ya acabado de la mente de un creador individual, como Palas Atenea surgiendo de la frente de Zeus ya vestida con la panoplia completa.

Cuando el ajedrez prescindió del azar, se convirtió en el juego intelectual por excelencia, de la misma forma que el adolescente deja atrás sus juegos más infantiles y se sumerge en el laberinto ajedrecista. El vínculo simbólico se debilitó hasta el punto de que en algunas zonas de la India llegó a cambiar su nombre original chaturanga por otros en los que está presente la palabra buddhi, intelecto: buddliidyuta, buddhibalusrita, buddhibalakrida, buddibaiachd

Pero es su nombre original el que nos remite al «como si» del juego. Chaturanga se refiere a las cuatro partes del ejército hindú: infantería, elefantes, caballería y carros. Algo parecido a como si llamáramos Triada o Terna al tópico “por Tierra, Mar y Aire”. El rey y su consejero o general, como cabezas políticas, se disponen en el centro del tablero arropados por las fuerzas combatientes. En definitiva, el ajedrez era un juego de guerra, un “como si” libráramos una batalla entre dos ejércitos.

A pesar de que los indios utilizaban más de un nombre para la misma pieza, la difusión del ajedrez a los países vecinos se completó sin ambigüedad porque más allá de los conjuntos de piezas de uso diario, más sucintos, existían suficientes y detalladas reproducciones artísticas que dejaban bien claro el “como si” del juego. Los países receptores se limitaron a dar nombres en su lengua a las piezas que veían y por lo que representaban, realizando cambios tan sólo cuando el contenido simbólico de alguna de ellas no tenía equivalente en su realidad. Este es el caso, por ejemplo, de la sustitución del carro de guerra –nuestra torre- por barcos o botes fluviales en Tailandia, Golfo de Siam y Vietnam.

Los persas aceptaron literalmente el juego indio y son sus nombres en farsi, los nombres que enumeran las cuatro partes del ejército hindú más su bicefalia política, los que llegaron al Occidente europeo a través de los árabes. Pero la recepción árabe, al prohibir por precepto religioso la representación figurativa de seres vivos, debilitó su contenido simbólico. Los trebejos árabes son abstractos, tanto en sus versiones manufacturadas de manera sencilla y con materiales baratos para jugar, como en las destinadas al lujo y la ostentación.

Joc d’Escacs Islàmic d’Àger
Museu de Lleida Diocesà i Comarcal
http://www.museudelleida.cat
Juny 2009

De estos últimos son los primeros conjuntos de ajedrez encontrados en el medievo europeo, singularmente en España, tallados en cristal de roca. La pista de su origen por la vía del regalo o del botín nos lleva hasta la Córdoba del califato, lugar a donde en el año 822 había llegado el ajedrez directamente desde Bagdad de la mano del poeta y músico de origen kurdo Ziryab. Estos conjuntos de ajedrez abstractos aparecen como tesoros en los reinos cristianos antes de que tengamos noticia de que en ellos se practicara el juego. Así que podemos imaginar a los primeros jugadores de la Cristiandad ante unas piezas que poco o nada decían de sí mismas, aprendiendo las reglas del juego y traduciendo o tratando de entender los nombres del “como sí” indo-persa-árabe: shah, farzin, pil-fil, asp-faras, rukh, piyadah-baidak.

La literatura medieval nos informa de cómo fue el proceso. Hay dos tipos de literatura ajedrecística medieval. Hay una literatura didáctica que enseña a jugar al ajedrez (y también colecciones de problemas ajedrecísticos para los iniciados en el juego). Hay otro tipo de literatura moralizante, que utiliza el ajedrez de la misma forma que un predicador utilizaría el pórtico de una iglesia para explicar las Sagradas Escrituras. Son documentos esenciales para comprender cómo fue el proceso y el resultado final de la recepción del ajedrez en la cultura medieval.

Ajedrez de la Isla de Lewis, siglo XII, tallado sobre marfil de morsa, Museo Nacional de Escocia

En cambio, los juegos de ajedrez de uso cotidiano que se han conservado nada informan acerca de la recepción del contenido simbólico del juego, ya que mantienen y continúan el tipo árabe, abstracto. Solo unos pocos destinados al adorno o la exhibición, de mayor tamaño, se recrean más en los detalles figurativos, como el conjunto de piezas de la isla de Lewis (cada una de las cuales pesa alrededor de un kilo) o el mal llamado Ajedrez de Carlomagno. De orígenes opuestos, el primero manufacturado en el Norte de Europa, probablemente Islandia, y el segundo en el sur de Italia, coinciden sin embargo en representar una Reina en lugar del alferza.

Ajedrez «de Carlomagno», siglo XI. De izquierda a derecha: Rey, Reina, Alfil (Elefante), Caballero, Torre (Carro de Guerra)

Resumiendo, el proceso fue así:

Tres piezas encontraron sin dificultad su equivalencia lingüística en todas las lenguas medievales: el rey (persa sha, en árabe sha también), el peón o soldado de infantería (persa piyadah, en árabe baidaq) y el caballo o caballero (persa asp, en árabe faras o faris). Esas son las piezas del chaturanga que, vía persas y árabes, tenían su equivalente perfecto en los reinos cristianos y así fueron recepcionadas en todos ellos: como Rey, Peón y Caballero.

Las otras tres piezas (farzin, pil y rukh en persa, árabe firz o firza, fil y rukh) no tenían equivalente en el mundo cristiano occidental. Hacía casi dos mil años que los carros de guerra (rukh) habían desaparecido de occidente. Los elefantes (fil), desde Aníbal. Y el Consejero o Valido o Primer Ministro (firz), pieza que ocupaba en el tablero la posición que ahora ocupa nuestra Reina, no era una figura típica ni frecuente en el orden político feudal, porque lo característico del sistema feudal es la posesión hereditaria del cargo político, y un Valido, Visir o Primer Consejero es alguien que disfruta de una posición de poder merced al favor real, no por derecho sucesorio. Un ejemplo muy conocido de Valido medieval que acabó malamente es el de los Mayordomos de Palacio de la dinastía merovingia entre el 600 y el 750. Después de que los detentadores del cargo consiguieran consolidar su carácter hereditario, la dinastía merovingia fue desplazada del poder por el último de los Mayordomos, Pipino el Breve, hijo del también Mayordomo Carlos Martel que había derrotado a los árabes en la crucial batalla de Poitiers, y padre del Emperador Carlomagno, que ya no fue Mayordomo ni lo tuvo.

Por tanto, nos quedan tres piezas de ajedrez de difícil encaje medieval: fil, rukh y firz. A la hora de asignar o resolver el papel simbólico de estas tres piezas, nacieron lo que de una manera bastante esquemática diríamos que fueron dos estilos de nomenclatura diferentes y con cierta especialización geográfica.

Los países más conectados con el ajedrez islámico de Al-Andalus y de las riberas mediterráneas, como la Península Ibérica, adoptaron los tres nombres sin traducirlos, o realizaron una traslación por afinidad fonética. Así, el alfirz o alferza pudo llegar a confundirse en España con el alférez o portaestandarte del ejército (manuscrito de Alfonso X el Sabio, 1283), a pesar de que la etimología árabe de alférez en realidad lo conecta con el faras (caballo) o faris (caballero). El rukh se mantuvo como roque, y aunque en los reinos cristianos peninsulares había conciencia lingüística de su significado como “carro” entre los musulmanes, seguía sin tener equivalente militar. Mucho más tarde, roque se confundió con «roca» y de ahí con torre o castillo, que sí tenía un valor militar y político (aunque nula movilidad, qué curioso). El al-fil se mantuvo como tal, con derivaciones fonéticas como aufin, arfil, delfino, etc…

Por el contrario, en Alemania, en los países nórdicos y algo más tarde en Inglaterra, las tres piezas incomprendidas fueron reinventadas para reflejar no el orden militar medieval, sino el orden político-social feudal: caballeros, obispos, condes, marqueses y… reinas. Así, el alfil se convierte en Anciano, Hombre Sabio, Obispo, Conde, Bufón… El rukh se asimila en las lenguas nórdicas con el hrokr, palabra que designa el Centurión o jefe de una fila de infantes, pero también con el Margrave (marqués) en Alemania, o con el Conde en Italia. Y el alfirz se convierte en la Reina del ajedrez.

De todas las piezas reinventadas, la Reina es la más firme, segura, unánimemente aceptada, hasta el punto de que desde su primer uso documentado en una localidad suiza lindante con Alemania, Einsiedeln, marcha hacia el norte y el oeste, alcanzando también por el sur la Provenza, Italia y quizás mordiendo la esquina nororiental de la península ibérica (Cataluña).

El ajedrez medieval, a pesar de representar el orden político feudal, no por ello dejó de ser un juego del “como si” de la guerra. Pero de la guerra feudal. Si observamos la disposición de fuerzas en una batalla tan representativa del medievo como las Navas de Tolosa, nos parecerá caótica al lado de los despliegues que encontramos en cualquier batalla de la Antigüedad (Cunaxa, Coronea o Mantinea, en los relatos de Jenofonte, o cualquiera de las batallas de Alejandro, César o Aníbal), y ello es así porque en la batalla medieval se superpone el orden y la jerarquía política feudal con el orden en el que un estratega puro dispondría sus fuerzas de distinto tipo para una mejor colaboración y apoyo mutuo entre ellas. El ajedrecista medieval juega a la guerra, sí, pero también juega en el complejo mundo de las relaciones políticas feudales.

La Reina, pieza esencial del sistema político feudal.

El feudalismo fue un sistema político descentralizado y jerarquizado de relaciones feudo-vasalláticas hereditarias. Si el orden político feudal se hubiera basado en la elección, en la designación o en la cooptación, como la República Romana, el Imperio Romano, la monarquía visigótica o el Imperio Bizantino, nunca hubiéramos encontrado una mujer al frente del Estado o de alguna de sus magistraturas. En realidad, todas las monarquías medievales nacen bajo forma electiva restringida, pero los procesos de patrimonialización consustanciales al feudalismo disfrazan de cooptación temprana del heredero a las tareas de gobierno lo que acabará tomando finalmente la forma sucesoria. El derecho de sucesión, como todo el derecho medieval, no suele estar fijado con nitidez, aunque hay casi unanimidad en relegar a la mujer en perjuicio del varón, pero no la hay en cuanto a incapacitarla. De lo que no se duda es de la importancia de la maternidad para determinar la sucesión legítima, residuo quizás de un orden matrilineal preponderante entre los pueblos prerromanos y no romanos que ocuparon el vacío de poder al comienzo del medievo. Y si esto nos recuerda muy ligeramente El cuento de la criada de Margaret Atwood, el paralelismo es tan profundo que muchos detalles de los partos y las bodas principescas parecen sacados de la ficción. Por ejemplo, que la consumación de las bodas se realizara en público, ante testigos que dieran fe de lo que estaba sucediendo, que no era un acto privado, íntimo, sino un hecho de consecuencias jurídicas.

Cuando se producía una crisis sucesoria por ausencia de heredero varón directo o por minoría de edad, era típico que algún noble pretendiera la corona alegando uno de estos dos argumentos, o los dos: ser su el pariente masculino más cercano al fallecido, o bien el antiguo derecho aún no olvidado para que los nobles o un grupo reducido de ellos eligieran a su rey. Frente a esta pretensión de ruptura sucesoria, una mujer podía tener sus bazas bien por estar situada en la linea directa de sucesión, bien por tener la custodia del heredero varón menor de edad. En este último caso, el más frecuente, la mujer se convierte en detentadora del poder, como solapamiento protector para que el poder de hecho y el derecho del poder alcancen al hijo menor de edad desde el marido fallecido.

Conscientes de esa función de eslabón sucesorio, los señores feudales no dudan en asociar en el gobierno a la esposa, a la madre o incluso a la hija, o en delegar en ella durante sus frecuentes ausencias por motivos militares o de otro tipo. En definitiva, la hija, la esposa, la madre, impregna todos los niveles del orden feudal, salvo los eclesiásticos, algo que hubiera sido impensable en el mundo romano y bajo el Derecho Romano. No nos debe extrañar, por tanto, que desde el primer instante de su recepción el ajedrez medieval obvie al Consejero, al Visir, y opte por la Reina, la Dama, la Señora.

Versus de scachis

El Poema de Einsiedeln es el primer documento medieval que referencia el ajedrez. Este manuscrito fue encontrado en el monasterio benedictino del mismo nombre y se fecha hacia el año 997. Describe el juego con pretensión didáctica, y lo hace ya, sin ninguna duda, con la Reina junto al Rey, cuando detalla el orden de colocación de las piezas en la primera fila: In quorum medio rex et regina locantur.

No sabemos quién fue el autor de este poema divulgativo del nuevo juego y sus reglas. Como muy atinadamente señala Marilyn Yalom, quien quiera que fuera, por la fecha en que lo compuso, había conocido y vivido como súbdito de dos Emperadoras.

La primera de ellas, Adelaida de Borgoña, casó con Otón el Grande, Emperador del Sacro Imperio Romano Germánico, en 951. Cuatro años antes su esposo había confirmado la creación del monasterio de Einsiedeln, lugar donde se ha conservado el Poema, y le había dotado de tierras y privilegios. Cuando Adelaida enviudó en 973, ejerció como regente de su hijo Otón II hasta 978.

La segunda fue Teófano Skleraina, nieta del emperador bizantino Nicéforo II, que casó con el hijo de Adelaida, Otón II, en 972. Después de que Teófano diera a luz tres hijas (Adelaida, Sofía y Matilde), en 980 llegó el necesario heredero varón, futuro Otón III. Cuando Otón II murió de malaria en Roma en 983, durante la retirada de una expedición militar contra los musulmanes calabreses, el heredero de solo tres años pasaba a ser presa asequible para los parientes masculinos del emperador fallecido, como Enrique II duque de Baviera, que con el pretexto de reclamar la regencia, probablemente hubiera intentado usurpar el trono, con más facilidad cuanto que la sucesión hereditaria no fue nunca la norma en el Imperio durante todo el medievo, sino más bien un fait accompli, no siempre consumado.

Santa Adelaida en una vidriera de Lorin, en la Iglesia de Toury.

Si Teófano, exótica princesa bizantina, no tenía claro qué tenía que hacer como madre del heredero, su suegra Adelaida sí sabía cuál era el poder de la mujer en el sistema sucesorio feudal y qué le ocurriría al nieto si no lo ejercía. Ella había visto morir a su primer marido envenenado a los cuatro años de matrimonio, y había sido secuestrada poco después de enviudar para obligarla a casarse con un varón de otra familia que recibiría de ella el título de rey de Italia. Una peripecia que terminó felizmente cuando consiguió escaparse y encontrar la protección de Otón I, con quien se casó.

Teófano se las arregló, en connivencia con su suegra Adelaida, con la que había tenido sus más y sus menos, para coronar emperador al pequeño y asumir ella misma la regencia del Imperio. Cuando Teófano falleció ocho años más tarde, la regencia volvió a ser asumida por Adelaida, ahora en protección de su nieto, hasta su mayoría de edad.

Por supuesto, no estamos argumentando que la singular personalidad de Adelaida y Teófano inspiraran la Reina del ajedrez. Seguramente que al redactor del Poema de Einsiedeln no se le escaparía reconocer en las regencias de Adelaida y Teófano este “juego de tronos” típico del medievo en el que la Reina era la mejor defensa del Rey, y no necesitaría conocer la historia de los Mayordomos de Palacio merovingios para descartar al Visir o Consejero masculino, puesto que ya tenía su equivalente femenino que lo mejoraba. 

En esta identificación alferza-Reina, podemos apuntar un detalle que tiene que ver con el simbolismo de los movimientos de las piezas, que en su origen probablemente fueran un remedo de su comportamiento en batalla. Así, el peón marcha hacia adelante pero captura de costado: parece una buena imitación del infante que se protege de frente con el escudo y acomete de lado con la lanza. El salto del caballo y el movimiento rectilíneo del rukh son mímesis de la flexibilidad del jinete, por un lado, y de la necesidad de espacios despejados para desplegar la potencia del carro por otro. En cuanto al salto del alfil en oblicuo, la verdad es que no sabemos mucho cómo se comportaba un elefante en batalla, pero quizás era tan poco útil como su representación en el ajedrez.

En la técnica del juego árabe-persa el alferza se posicionaba de inicio, como nuestra Dama, al lado del Rey, y se desplazaba en oblicuo una casilla, en cualquiera de las cuatro direcciones, arriba-izquierda, arriba-derecha, abajo-izquierda y abajo-derecha. Este movimiento oblicuo es el más adecuado para interponerse como escudo frente al rukh enemigo, la pieza más poderosa del ajedrez medieval, que se movía exactamente igual que nuestra torre y era la única capacitada por sí misma para dar mate al rey o jaquearlo desde lejos. Así se reconoce en el Libro de los Juegos de Alfonso X el Sabio: El alferza anda a una casa en sosquino e esto es por aguardar al Rey e non se partir del e por encobrir le de los xaques e de los mates quando gelos dieren, e pora yr adelante ayudandol a uençer quando fuere el iuego bien parado. En definitiva, el alferza en el tablero desempeñaba un papel comparable al de la Reina del mundo real, quizás también al de los visires orientales, si éstos resultaron ser en el mundo real más leales que los mayordomos merovingios.

Este detalle favorecería la identificación de la Reina con el alferza, pero tampoco sería imprescindible para explicarla, como no fue necesario encontrar equivalentes medievales para los movimientos del rukh y del alfil. Pues si los vínculos simbólicos nos explican el origen y la infancia del juego, éste en sí mismo contiene un aliciente de complejidad que lo hace atractivo en su forma abstracta, como evidencia su éxito en el mundo islámico, su amplia difusión medieval a pesar de las incoherencias de sus adaptaciones simbólicas o su pervivencia hasta nuestros días, donde el ajedrez no representa nada más que el juego intelectual.

Volveremos a encontrar el simbolismo de los movimientos en el último capítulo del ajedrez medieval: la conversión de la Dama o Reina en la pieza más poderosa del tablero, atribuida con mucho entusiasmo, aunque ninguna prueba, al influjo de una reina que deslumbró en el mundo real, Isabel I de Castilla. Pero ésa es otra historia que merece una entrada aparte.

Publicado en Historia del Ajedrez, Libros | Etiquetado , , , , , , , , , , , , , | 1 comentario

Gens Una Sumus, ¿ahora sí?

Ya tenemos Presidente de la FNA. Su proclamación el pasado 20 de octubre ha pasado inadvertida, como si no le importara a nadie después de todo el ruido y la furia de los meses anteriores. Repite Seoane. No sabría decir si tenemos que lamentar que se haya perdido una ocasión para mejorar o si debemos alegrarnos de no haber ido a peor. De momento, su “Saluda” es conciliador e invita al reencuentro de toda la familia ajedrecística. Debemos darle el beneficio de la duda. No solo por cortesía, sino porque no hay otra jugada posible en el tablero.

El clímax del proceso electoral fueron las votaciones presenciales del pasado 20 de septiembre. Fue una tarde intensa. A pesar del ambiente covid que imponía distanciamiento, grupos de personas a la entrada de la Mesa Electoral hacían pasillo a los que se acercaban a votar y les repartían papeletas. El estado mayor de una de las candidaturas se apalancaba en el Garre alrededor de unas cervezas. Pocas jornadas de ajedrez han despertado mayor expectación. Y como era de esperar sabiendo quiénes disputaban, hubo el consiguiente rifirrafe reflejado en acta, que unos y otros contaban en la calle cada uno a su manera. Un capítulo más de una historia muy vieja y que ya aburre.

Incidencias reflejadas en el Acta de Escrutinio

El resultado de las elecciones a la Asamblea es una lección para todos, para los tres que disputaban y para los que observábamos escépticos los distintos movimientos. Los tres candidatos in péctore fueron castigados por la votación popular del estamento de jugadores. Mariano de Pablos, con 54 votos, quedó apeado de la Asamblea. Sergio Anguas, con 57, estuvo también al borde de la eliminación. Y Joaquín Pérez-Seoane, aunque obtuvo un mejor resultado que los otros candidatos, con 60 votos, no sale muy bien parado al lado de los diez asambleístas que quedaron por delante de él, de los que al menos seis obtuvieron más de 90 votos, con Iñaki Rebolé -Orvina- en cabeza con 99. El censo que acudió a votar: 115 jugadores federados. Por qué Iñaki Rebolé no es Presidente habiendo casi duplicado en votos a cualquiera de los otros tres, eso es algo fácil de explicar pero difícil de entender: tenemos un sistema electoral demasiado retorcido.

El resultado de la votación al estamento de jugadores deja una conclusión muy saludable y esperanzadora: la crispación no da votos. La crispación es como esa provocación en la barra del bar -un empujón, un vaso derramado a propósito-, que desencadena una trifulca en la que los espectadores ya no son capaces de fijar quién fue el ofensor y quién el ofendido. La crispación, la polémica, a quien menos convenía era al que buscaba revalidar su gestión y que cometió la torpeza de entrar al trapo en alguna ocasión. Tampoco convenía al que aspirara de verdad, no de boquilla, a un cambio y una mejora en el ajedrez navarro. Otra cosa es que razones de consumo interno en determinados espacios del ajedrez navarro hagan rentable ese discurso victimista que desencadena un reflejo interno de prietas las filas. Muy triste.

Me gustaría creer que se va a pasar página de esa crispación. Me gustaría responder al “Saluda” del Presidente con algunas propuestas en positivo:

  • Ajedrez femenino. Todos somos conscientes de que las chicas, que tienen una cierta participación en los niveles de iniciación Sub8-10-12, desaparecen de los tableros a partir de esa edad. No es un problema solo del ajedrez navarro, se dirá. Pero no se va a reconducir si en Navarra y en todas partes no se toman iniciativas para corregirlo. ¿Cómo? El liderazgo del cambio debe ser femenino, y a los hombres no nos corresponde otro papel que el de escuchar, reflexionar y acoger lo que las mujeres digan. ¿Cuántas mujeres hay en el ajedrez navarro dispuestas a liderar ese cambio? De momento, solo una, María Goñi, se ha presentado a la Asamblea y afortunadamente ha resultado elegida. Triste hubiera sido lo contrario. Con una no es suficiente. La FNA debería abrir un espacio para que Maria Goñi y todas las ajedrecistas que han sido y son, debatan y propongan. Y que la FNA se comprometa a asumir lo que de ese espacio de debate surja.
  • Promoción del ajedrez en los niveles de iniciación. La actividad de la FNA no puede quedar reducida a convocar cada dos años un examen para la obtención del título o diploma de monitor de ajedrez. Hay campo para potenciar la iniciación del ajedrez a través de dos ámbitos: las actividades extraescolares en los colegios y las escuelas deportivas en los clubs. Se deben tomar iniciativas en positivo, de mejora de la cualificación de los monitores, de soporte a su actividad. Pero no nos engañemos: la promoción del ajedrez es también un espacio de pequeños intereses lucrativos, quizás el origen o la explicación de muchas de las trifulcas federativas. La FNA debe intervenir con tacto, sin que parezca ni sea una interferencia para quitar/dar escuelas y alumnos a unos y otros monitores y clubs. Si hay una competencia por el alumnado, debe ser una competencia sana, basada en la excelencia, y colocando en primer plano el interés del niño y de la niña, su formación integral en valores y en competencias, por encima del interés del club o del estímulo competitivo. Los niños y niñas no deben ser instrumentalizados al servicio de la pugna entre clubs.
  • Transparencia. Uno de los movimientos que menos me gustó de la Presidencia pasada fue la reforma de los Estatutos que se realizó en agosto de 2019. En particular, la redacción del artículo 71.- Acceso al régimen documental, obstaculiza al máximo la transparencia federativa, justamente en contradicción con los tiempos que vivimos, en los que la propia Administración en los últimos años ha reformado su funcionamiento para permitir a los ciudadanos en general, sin cualificación especial y sin necesidad de motivación, la fiscalización de la propia actividad de la Administración. No somos súbditos de los cargos que elegimos sino todo lo contrario: los puestos de responsabilidad son servidores públicos. Pero más que proponer una nueva reforma del artículo 71, yo sugeriría a la nueva Presidencia que antes de embarcarse en un proceso legalista y formal, en la práctica abriera a todos las personas con derecho a voto para la elección de la Asamblea -no solo a los miembros de la Asamblea- los documentos de gestión mencionados en el artículo 70, con la única salvedad de las limitaciones que establece la LOPD. Si no hay nada que esconder, ¿por qué esconderlo? Sería, además, la forma más eficaz de contrarrestar todo tipo de bulos e insinuaciones insidiosas sobre la gestión de la FNA. Gestión, por otro lado, que ya está tutelada por el INDJ y que está sometida a control en los procedimientos administrativos por las subvenciones que recibe.

Y nada más. Podría desearle suerte a Seoane, y se la deseo, aunque sé muy bien que su éxito o fracaso no será sólo de él, ni siquiera de él y de su equipo, sino también de todos los demás, de todos nosotros, de nuestras acciones, omisiones, silencios y no silencios. Gens una sumus, para bien y para mal.

Publicado en Ajedrez institucional | Etiquetado , , , , , | Deja un comentario

El misterio del libro perdido (Yuri Averbach)

Este artículo de Yuri Averbach se publicó originalmente en ruso en 1985 y tardó ocho años en ser traducido al castellano.

Yuri Averbach a los 95 años jugando contra un rival de cuatro años

Yuri Averbach nació en 1922 y es el patriarca del ajedrez moderno, el mayor de todos los GM con vida. Algunos lo conocerán por sus libros de finales, en particular sus Finales de alfil y caballo. Varias veces campeón de la URSS en la década de los 50, pudo haber sido uno más (Smyslov, Bronstein, Tal, Petrosian…) de los que desafiaron el trono de Botvinnik, pero prefirió disfrutar del ajedrez a la agonía de la lucha sin fruto, y de paso regalarnos su brillante carrera como publicista, divulgador, escritor, investigador e historiador del ajedrez. Quien haya leído cualquiera de sus obras de investigación histórica, como su opúsculo EL VENCEDOR SERÁ MI YERNO, se habrá rendido a su capacidad de combinar, como el Sherlock Holmes de la ficción, la erudición precisa y pertinente con el razonamiento riguroso. Como el buen resolvedor táctico que no ensaya movimientos posibles al buen tuntún, sino que antes analiza las debilidades y fortalezas de la posición de cada uno de los bandos, lo que más sorprende de Averbach es su capacidad deductiva para mostrarnos lo que está escondido en el objeto de su análisis, sea éste un documento, un poema, una posición de ajedrez o, como en este caso, un libro perdido y reconstruído por sus huellas en otros dos libros posteriores.

Este texto es la semilla, el origen, el pistoletazo de salida de los estudios de Ricardo Calvo (1997 y 1999) y Jose Antonio Garzón (2001 y 2005) sobre el origen valenciano del ajedrez moderno, del ajedrez de la dama (cast.), alla rabiosa (it.), de la dame enragée (fr.), nombres con los que fue conocido en las primeras décadas del siglo XVI hasta que el viejo ajedrez medieval fue olvidado, arrumbado, y no quedó otro ajedrez que el que hoy conocemos y practicamos. Los pocos lectores que lleguen aquí, a estas líneas, disfrutarán con él por su claridad y sencillez de exposición a la par que su rigor argumentativo. Y de paso, guardado en este rincón meta-ajedrecístico, se preservará para el futuro inmediato, ya que después de su traducción en la desaparecida Revista Internacional de Ajedrez, este artículo no ha aparecido ya nunca más, que yo sepa, en ninguna obra, libro, recopilación impresa o digital.

Aquí está. Enjoy it, que se dice.


El misterio del libro perdido

por Yuri Averbach, Gran Maestro Internacional

El nacimiento del ajedrez moderno sigue siendo una incógnita para los historiadores. Uno de los mayores especialistas, el GM Yuri Averbaj, expone una sugerente hipótesis tras minucioso estudio de las obras clave, según la cual Francesc Vicent -a quien Pin y Soler se refirió como «un autor famoso por haber escrito un libro que nadie conocía»- sería el primer divulgador del ajedrez moderno. (Revista Internacional de Ajedrez, nº 65, 1993)

Tres libros, tres destinos.

Los primeros libros sobre ajedrez moderno se publicaron en España, primero en Valencia, en 1495, y después en Salamanca, en 1497. El primero tenía por título Cien posiciones de ajedrez compuestas por mí, Francesc Vicent(1); el segundo, con el extraño título Repetición de amores e arte de axedres(2). Autor: Luis Ramírez de Lucena, estudiante de la Universidad de Salamanca.

Portada de la segunda edición (1518) del libro de Damiano, con su críptico y alternante (rojas-negras, negras-rojas) juego cromático en la palabra QVESTO.

El tercer libro aparecería quince años más tarde en Roma. Este libro enseña Ajedrez y contiene finales(3), era el título del manual escrito por el portugués Damiano. Estaba impreso en papel de mala calidad, con toscos diagramas. Sin embargo, y a pesar de su desafortunada apariencia, el libro de Damiano tuvo enorme éxito. Sólo en el siglo XVI se publicaron ocho ediciones y fue traducido al francés, inglés y alemán. Casi puede decirse que Europa Occidental aprendió ajedrez gracias al libro de Damiano. Se trataba, en realidad, del primer libro popular de ajedrez moderno. Contenía descripciones de algunas aperturas, incluyendo el propio Gambito Damiano, que inmortalizó el nombre del autor en el terreno de la teoría de aperturas, así como dieciséis supuestas «sutilezas» y setenta y dos problemas que también glorificaron al portugués. Estos problemas han sido reimpresos en innumerables ocasiones, que los hicieron sobradamente conocidos. Así, ya una antología de problemas publicada en París a mediados del siglo pasado, incluye no menos de una veintena de los problemas de Damiano.

Un hado diferente guió los destinos del libro de Lucena, hijo de un embajador del rey de España. La lujosa edición en cuero, de magnífica encuadernación, fue dedicada al descendiente de la pareja real española, príncipe Juan. El libro, del que se editó un exiguo número de ejemplares, no ejerció ninguna influencia en el desarrollo del ajedrez en Europa. En el siglo pasado su existencia sólo era conocida para algunos investigadores, pero si examinamos sus páginas nos encontraremos con que casi todos los problemas atribuidos a Damiano se encontraban ya en el libro de Lucena.

Una vez que el trabajo de Lucena, fue descubierto, los historiadores se lanzaron frenéticamente al estudio del libro. ¿Repetición de amores y arte de ajedrez? ¿Qué tienen en común amor y ajedrez? Pronto quedó claro que el libro de Lucena constaba de dos partes, la primera de las cuales no guardaba relación alguna con el ajedrez. El tratado acerca del amor, escrito en un estilo de disertación pseudocientífica, esta prolijamente sazonado de citas procedentes de los padres de la iglesia y sabios de la antigüedad. La segunda parte, sin embargo, contenía las reglas de un nuevo juego, una docena de aperturas y 150 problemas, tanto de ajedrez antiguo como de ajedrez moderno.

Cuando los historiadores se familiarizaron con estos problemas, llegaron a la conclusión de que Lucena no era su autor, sino que había conocido los problemas y que, por decirlo de un modo actual, los había recopilado en una antología.

Ciertamente, Lucena en su libro nos informa con toda franqueza acerca de las aperturas: «Es mi intención mostrar las mejores salidas del juego, que presencié en Roma, a lo largo de Italia, Francia y España…» Vale la pena señalar que Lucena, en razón de haber mencionado esas aperturas, fue proclamado el primer teórico del ajedrez moderno.

Lucena no se pronuncia sobre el origen de sus problemas, pero el historiador holandés Antonius Van Der Linde ha observado que todos los problemas del libro de Lucena relacionados con el ajedrez antiguo y que abarcan la primera parte del volumen, pueden hallarse en otras antologías manuscritas de la época.

Cita del libro de Francesc Vicent en un catálogo de libros antiguos de 1795

¿Cómo y cuándo adoptó Lucena los problemas del ajedrez modernos? Al indagar en una posible fuente, los historiadores tuvieron presente el libro de Vicent. Los llamados apéndices de este libro, su título completo, con lugar y año de edición, están mencionados en una guía bibliográfica de libros raros españoles, publicada en 1795, en la que se indica que un ejemplar del libro se encuentra en la biblioteca del monasterio de Montserrat y que puede conseguirse información al respecto de los hermanos R. Caresmar y F. Ribas, escrupulosos bibliófilos, merecedores de toda confianza. Pero cuando, hacia la mitad del siglo pasado, algunos historiadores se dirigieron a Montserrat, sólo se encontraron con la lacónica respuesta de que el libro de Vicent no estaba en la biblioteca del monasterio.

Una investigación mostró que el libro podría haber desaparecido en 1811, durante la invasión napoleónica de España, tras el asalto de los franceses al monasterio. Hay dos versiones de lo sucedido. Según la primera de ellas, Suchet, el general al mando de las tropas francesas, ordenó minar el monasterio para doblegar la resistencia de los defensores, utilizándose, al preparar la pólvora, todo lo disponible, incluidos los incunables. Sin embargo, el hecho de que en 1834 la biblioteca de Montserrat sufriese un incendio que destruyó muchos de sus libros, tampoco puede excluirse. Sea lo que fuere, el libro de Vicent desapareció sin dejar rastro alguno. Hubo numerosas tentativas para hallar el libro, en otros lugares. La búsqueda se extendió por toda Europa, en las bibliotecas de ciudades, universidades, iglesias, monasterios, cortes reales e incluso entre colecciones particulares, pero fue en vano.

Un feliz descubrimiento: Vicent y Lucena.

La confusa historia del libro de Vicent retuvo mi interés durante largo tiempo. ¿No era posible que algunos problemas compuestos por Vicent, hubiesen aparecido en los libros posteriores, el de Lucena, por ejemplo? La misma propuesta fue expresada por el jugador inglés William Lewis (1787-1870), pero ¿cómo probarlo? Hace un cuarto de siglo llegó a mis manos una edición facsímil (Madrid, 1953) del libro de Lucena y me puse a estudiarlo detenidamente. Lo primero que llamó mi atención fue el hecho que cinco problemas de la antología se repitieran. Lo segundo fue la sorprendente secuencia de los problemas. La clave reside en que colecciones manuscritas de problemas medievales de ajedrez antiguo recorrieron Europa. Por lo general, el material se disponía de forma prácticamente idéntica: los problemas se clasificaban en dos grupos, según la cantidad de jugadas necesarias para dar mate al rey de uno de los dos bandos. Se comenzaba por los mates en dos, luego en tres y así sucesivamente. Lucena comenzaba su antología en la misma forma tradicional: primero los mates en dos, luego los mates en tres, que dividía en dos grupos, problemas de ajedrez antiguo y moderno. Pero a partir de aquí Lucena se apartaba del método, alternando en diversas ocasiones problemas de mate en tres y en cuatro. Es verdad que en un punto del libro Lucena restablece la secuencia originaria: después de los problemas de mate en tres viejos y nuevos, siguen los nuevos y viejos de mate en cuatro, los nuevos y viejos en cinco, etc… Con muy pocas excepciones, la clasificación originaria se preserva en todo el libro. Estas peculiaridades de la antología sugieren la idea de que Lucena estaba utilizando diversas fuentes. Por otra parte, se tiene la impresión de que una de estas fuentes, la más amplia, fue tomada por él como el núcleo de la antología. ¿Cuáles eran las características de esta importante fuente? El problema no parece especialmente difícil: las extrañas ediciones separadas eran transparentes a cualquier mirada sin prejuicios. De modo que inmediatamente aparté dos problemas de mate en tres, aparentemente fuera de lugar entre los mates en ocho, y también dos mates en cuatro, accidentalmente mezclados con mates en cinco. Esta tarea me hizo pensar en el trabajo del restaurador que limpia cuidadosamente las capas superiores de un cuadro para restablecer la auténtica superficie, ricamente coloreada por la mano del viejo maestro. Pero llegué a punto muerto. No había forma de dar sentido al caos de la mitad del libro: ¿qué había que descartar y qué no? Y entonces, como a menudo sucede, el azar llegó en mi ayuda. Pasó mucho tiempo, pero se me ocurrió la idea de contrastar las palabras de Van Der Linde, en el sentido de que aproximadamente la mitad de los problemas de Lucena eran problemas famosos del ajedrez antiguo. Verificando este punto no sólo llegué a la conclusión de que el historiador holandés tenía razón, sino que además descubrí que también los cincuenta mates en tres y en cuatro examinados se encontraban literalmente en las antologías de problemas de ajedrez antiguo.

Después de cuidadosa consideración concluí que era conveniente retirarlos, sobre todo puesto que no correspondían de ningún modo con la clasificación originaria de Lucena.

Una vez realizada esta peculiar «limpieza», me concentré en lo que quedaba. Los problemas estaban ahora dispuestos con una coherencia férrea, tanto en el orden de crecimiento del número de jugadas para la solución, cuanto en lo referente a los grupos: nuevos y viejos, los primeros constituyendo una abrumadora mayoría. Ya no había problemas repetidos. Y aquí surgió una sorpresa. Febrilmente empecé a contar los problemas restantes: diez, veinte, treinta, noventa, noventa y seis. Rememoré las experiencias del restaurador al descubrir las últimas capas del tejido, en el momento de restableces los colores originales y todo el esplendor del cuadro.

No debemos olvidar que había un centenar de problemas en el libro de Vicent. Cien y noventa y seis, cifras muy cercanas. ¿Podrían estos noventa y seis problemas pertenecer al trabajo perdido de Francesc Vicent? ¿Podría el libro de Francesc Vicent ser realmente la fuente fundamental, de la que Lucena hubiese extraído sus problemas? Intuitivamente percibí que mi conjetura era correcta. Del título del libro (Cien posiciones de ajedrez, compuestas por mí, Francesc Vicent) uno puede asumir que Vicent no sólo compuso los problemas, sino que también los dispuso de cierto modo. Lucena, sin embargo, no sólo adoptó los problemas, sino que también preservó su disposición. Con todo, estaba lejos de publicar mi pequeño descubrimiento. Esto podía no ser más que una mera coincidencia. Faltaban las pruebas adicionales.

Vicent y Damiano.

Debían encontrarse pruebas adicionales, por lo que me concentré en el tercer libro del ajedrez moderno, el de Damiano. Para empezar, era preciso verificar la conclusión de los historiadores acerca de la relación entre los libros de Lucena y Damiano. En realidad, de los 72 problemas del último, 70 se encuentran en el libro de Lucena. Es verdad que Damiano introdujo algunos insignificantes cambios en ellos, añadiendo o quitando piezas y/o peones. Sus soluciones, explicadas en dos idiomas (español e italiano) son por lo general más breves que en su antecesor. Esto, sin embargo, no cambia en sustancia el asunto y la conclusión, prácticamente obligada, es que en la preparación de su texto, Damiano explotó extensamente los problemas de Lucena.

Ya en el siglo anterior los historiadores le hicieron al portugués un reproche anacrónico por encubrir el hecho de haberse apropiado de los problemas de Lucena. Anton Schmid, conservador de la Biblioteca Real Austríaca, no sin malicioso placer, observó en su Literatur des Schachpiels, publicada en Viena en 1847, que Damiano tuvo merecido castigo por su plagio cuando, en el siglo XVII, un cierto caballero, llamado Antonio Porto, «muy modestamente» y sin pretensiones publicó íntegro el libro de Damiano en Bolonia y Venecia, bajo su propio nombre.

Así se confirmaba la impresión, que yo mismo concibiera inicialmente, de que Damiano había copiado casi la mitad de los problemas de su predecesor, pero una vez que me embarqué en esta travesía de averiguaciones, comencé a albergar ciertas dudas. ¡Y no sin razón!

El libro de Lucena se considera excepcionalmente raro. Dos ejemplares se conservan en El Escorial, la biblioteca de los reyes de España, y un tercero se halla en Río de Janeiro, adonde habría llegado cuando el rey de Portugal Juan IV trasladó su corte, en 1808, durante las invasiones napoleónicas. Por decirlo de forma plástica, el libro de Lucena permanece lacrado con siete sellos en las bibliotecas reales y resulta inaccesible para el común mortal.

Otra cuestión se plantea. Incluso asumiendo que el libro de Lucena haya caído en manos del portugués, ¿por qué tomó 70 problemas y no los 72 del libro? Podemos, por supuesto, imaginar que los dos restantes hayan sido compuestos por él, pero la hipótesis falla, puesto que uno es un muy conocido problema del ajedrez antiguo. Ya a comienzo de este siglo rechazaba el historiador británico H. Murray la hipótesis de que Damiano hubiese copiado los problemas de Lucena. Murray estimaba que debería existir una colección mucho más antigua, que formó la base de ambos libros. El propio Murray, sin embargo, consideraba el libro de Vicent una colección de problemas de ajedrez antiguo.

Parecía lógico comparar los problemas de Damiano con los 96 que separé de Lucena. Ahora me encontré con una sorpresa, ya que una idea tan simple no me había pasado por la cabeza antes. Los resultados de la comparación fueron sorprendentes. Todos los setenta problemas de Damiano, aparentemente extraídos de Lucena, estaban incluidos. De modo que podía obtenerse una importante conclusión, en el sentido de que los noventa y seis problemas también pertenecían a una colección anterior de la que tanto Lucena como Damiano hubiesen tomados sus problemas y cuya existencia había sido vislumbrada por Murray. En el transcurso de la investigación surgió otra idea: los dos problemas de Damiano no encontrados en Lucena, también podrían formar parte de una colección anterior. Otra base para aseverar que los 98 problemas (96 + 2) procedían de la antología de Vicent.

Hagamos balance.

No me quedaba ya la menor duda de que Lucena y Damiano hubiesen tomado sus problemas del libro de Vicent pero, a fin de convencer a los escépticos más pertinaces, decidí someter mi hallazgo a un último experimento, un análisis comparativo de la numeración de los problemas en las tres colecciones. La operación requería una análisis retrógrado: tenía 98 problemas e intentaba reconstruir el procedimiento con que Lucena y Damiano habían dispuesto sus problemas. Del centenar de problemas de Vicent, Lucena utilizó casi todos: 96. Sería lógico suponer que los había copiado sucesivamente, uno por uno. Esto significaría que la numeración de sus problemas debería corresponder en esencia a la numeración de su predecesor. Damiano tomó 72 problemas del libro de Vicent. Eligió, sobre todo, problemas de ajedrez moderno, de aquí que la numeración de sus problemas podría diferir del orden de su predecesor. Con Lucena todo sucedió de acuerdo a mis suposiciones, pero con Damiano surgieron dificultades, que prácticamente eliminaban mi conclusión. La numeración de los problemas de Damiano parecía caótica. Era incomprensible incluso, si había decidido elegir los problemas del libro de Vicent. Se diría que simplemente los había mezclado como quien baraja cartas.

Reconstrucción del contenido del libro de Vicent y sus correspondencias con Lucena y Damiano, según J. A. Garzón (El regreso de Francesc Vicent, pag. 211)

Necesité mucho tiempo para poder ordenar mis ideas, puesto que no entendía el cambio en la disposición de los problemas, ni si había una relación numérica entre ellos. Por supuesto, el análisis de la numeración resultó extremadamente minucioso y una tarea, en fin, agotadora. No quisiera aburrir al lector con los detalles. Finalmente pude establecer tres filas numéricas, en las que encajaban muy bien los dos problemas de Damiano que no aparecen en Lucena.

Al completar este análisis pude reforzar aún más mi conclusión de que las tres colecciones guardan una estrecha relación orgánica. Como también se había supuesto, Lucena había seguido el orden de predecesor. La transposición accidental de número sólo se descubrió en dos casos. Al seleccionar los problemas, Damiano, por su parte, los traspuso alguna vez: exactamente en doce casos.

Permítaseme recapitular los resultados. El núcleo del libro de Lucena está constituido por 96 problemas, de los cuales la mayoría se relaciona con el ajedrez moderno. Están vinculados por una sólida clasificación y, sin lugar a dudas, se originan en una fuente única. En estos 96 problemas se encuentra la absoluta mayoría de los problemas de Damiano. Esto nos aporta una prueba contundente de que Lucena y Damiano utilizaron la misma y única fuente.

Si asumimos que los dos problemas restantes de Damiano, que no aparecen en Lucena, también pertenecen a la misma fuente (la correlación numérica de las tres colecciones así parece confirmarlo) parece posible afirmar que tal fuente contenía como mínimo 98 problemas. El aparentemente perdido libro de Vicent, publicado antes del de Lucena y mucho antes que el de Damiano, contenía 100 problemas. ¡98 y 100! Una tan próxima congruencia de número no puede ser coincidencia y nos lleva a la conclusión de que los 98 problemas pertenecían a Vicent.

«Nunca hemos tenido la oportunidad de ver este libro», escribió exasperado uno de los historiadores del siglo anterior, acerca del libro de Vicent. Pero los problemas de ajedrez no desaparecieron sin dejar trazas. Como demuestra nuestra investigación, la inmensa mayoría fue, afortunadamente para nosotros, transcrita y, por tanto, rescatada, por Lucena y Damiano. De este modo, estamos obligados a nombrar al primer problemista y primer compositor del ajedrez moderno: ¡Francesc Vicent!

La muy conocida combinación que recibe el nombre de «mate ahogado» (o, vulgarmente, «mate de la coz») fue inicialmente atribuida al francés Philidor, luego al italiano Greco y, por fin, al portugués Damiano. A mediados del siglo pasado, los historiadores descubrieron que este mate se hallaba en el libro Lucena. Sin embargo, y puesto que verosímilmente se encuentra entre los 96 problemas de Vicent, parece de justicia restablecer la verdad y llamarlo, con toda propiedad, «mate de Vicent».

(1) Libre dels jochs-partitits dels Schachs en nombre de 100. Francesc Vicent, Valencia, 1495.

(2) Repetición de Amores e Arte de Axedrez con CL juegos de partido. Lucena, Salamanca, 1497

(3) Questo Libro e da imparare giocare a scachi et de la partite. Damiano, Roma, 1512


Galería con la reproducción del artículo publicado en la Revista Internacional de Ajedrez

Cortesía de Vicent Gómez Roca (ajedrezvalenciano.com)


La carrera investigadora iniciada a partir de este chispazo de Averbach, culmina, de momento, en la investigación de Jose Antonio Garzón, quien en El regreso de Francesc Vicent (Valencia, 2005), concluye que Damiano era un seudónimo detrás del cual se escondía ¡Francesc Vicent!)
Publicado en Historia del Ajedrez | Etiquetado , , , , , , , , , , , , | 1 comentario

Gens Una Sumus???

He seguido los prolegómenos del proceso electoral 2020 a la FNA mucho más de cerca de lo que corresponde a mi casi nulo conocimiento de los entresijos del ajedrez navarro. Lo suficiente para pensar que tenía fundamentos para dar una opinión sobre lo que estaba ocurriendo en forma de viñeta goyesca.


Pero me acaban de llegar tres imágenes por wasap. Son éstas, y anuncian que la ya conocida candidatura de Sergio Anguas se reconvierte en candidatura conjunta con Mariano de Pablos.

No he tenido aún ocasión de conocer o siquiera coincidir con Mariano de Pablos. Sé, porque está en info64, que juega en Oberena, y puedo suponer también que es oberenista. Lo que sumado a la trayectoria Orvina-Mikel Gurea de Sergio Anguas, perfila una candidatura bastante transversal que da cierto crédito a estas palabras de su programa electoral: “la federación no debe ser en ningún momento un espacio de pugna entre los clubs más poderosos, sino un lugar de encuentro en el que tratemos de lograr un bien común para todos”.

De esta forma quedaría desmentida mi visión de lo que ocurre en el ajedrez navarro, mi viñeta goyesca. Ojalá sea así y, aunque no triunfen en las elecciones, realmente se haya hecho carne ese espíritu de unidad.

Podría poner aquí un punto y final esperanzador, buenista, a este artículo que empezó con un sarcasmo tan amargo. Pero no puedo. Aunque novato en el ajedrez navarro, uno es perro viejo, muy viejo, para saber que muchas veces, si no las más, la bandera de la unidad se levanta como bandera de facción contra otra facción o partido.

¿Cómo saber entonces quién es o no sincero al enarbolar la bandera de la unidad? Solo hay una lámpara de Diógenes que sirva para encontrar hombres honestos: la coherencia de sus actos, de su trayectoria. Pero no es fácil iluminarse con ella, pues cuando hay conflicto cada parte enfoca su linterna para que los demás confundan su luz interesada con la luz de la verdad.

Esperemos que las palabras de este programa electoral no hayan sido usadas en vano ni se desgasten en este rifirrafe ni en los cuatro años que seguirán, y siga valiendo la pena apostar por ellas en 2020 y en 2024.


Post Scriptum 14-09-2020.: Parece ser que se ha malogrado la confluencia entre los dos candidatos Mariano y Sergio. Esos zigzags o arrepentimientos suelen o deben tener un coste para uno de los dos (o para los dos). Deberían explicarse o explicarlo. Pero estas elecciones son muy atípicas: los candidatos no hacen campaña en espacios públicos que todos podamos observar (facebook o algún espacio web creado específicamente para comunicar sus proyectos, sus tomas de posición). Todo transcurre por un boca a boca, teléfono a teléfono, mensajes de wasap y -hay que decirlo- cabildeo entre notables de tal y cual club. Sencillamente, brilla por su ausencia la apelación al ajedrecista de a pie, sin etiqueta de club, sin filias-fobias, al único que podía realmente sentirse interpelado por el Gens Una Sumus.

Publicado en Ajedrez institucional | Etiquetado , , , , , , | Deja un comentario

El origen judío del ajedrez moderno

Lucena: la evasión en ajedrez del converso Calisto, es un libro del alcoyano Ricardo Calvo que dibuja el nacimiento del ajedrez moderno en la España de finales del XV tanto desde un punto de vista puramente técnico-ajedrecístico como sociohistórico. Su primera y única edición es de 1997, en una editorial muy menor ya desaparecida, Ediciones Perea, cuyo catálogo, reconstruido a través de las consultas a plataformas de venta de libros usados, poco o nada tenía que ver con el ajedrez.

La obra de Ricardo Calvo merece ser reeditada para ponerla al alcance no solo de los aficionados al ajedrez sino de los interesados en la literatura y la historia de la España de los Reyes Católicos. Quizás su problema es que tira de tres hilos muy dispares entre sí que desde una perspectiva de mercado puede que no sumen lectores sino que los dividan: el origen del ajedrez moderno, el problema de la autoría de La Celestina y, finalmente, la persecución de la minoría religiosa judía y judeoconversa en la España de los Reyes Católicos. Todo ello, centrado en la figura del autor de la obra Repetición de amores e arte de axedres, impresa en Salamanca en 1497, quinientos años antes justos y exactos que el libro de Ricardo Calvo.

Puede parecer que no serán muchas las personas que puedan apreciar un mix semejante, tan sólo heterodoxos y polifacéticos como el prologuista del libro, el dramaturgo y ajedrecista Fernando Arrabal. Puede que sea así. Pero la obra tiene un valor intrínseco que debe mantenerse en circulación como aliento para que otros y otras la superen.

El manuscrito de Lucena y La Celestina.

Como su propio título anuncia, Repetición de amores e arte de axedres, el incunable salmantino tenía dos partes que no se mezclaban, como el aceite y el agua. La Repetición de amores es una parodia de una disertación académica que arranca de una escena idéntica a la del acto IV de La Celestina, de la que constituye por tanto un antecedente de tema. Pero el estudio de Ricardo Costa encuentra otros préstamos de estilo y conexiones biográficas entre Lucena y Fernando de Rojas, además de su mutua condición de judeoconversos, lo que coloca la Repetición de amores dentro del tema discutido de la autoría de La Celestina. (Hay quién considera «Lucena» un mero seudónimo de Fernando de Rojas, y a éste, hijo ilegítimo de Juan Ramírez de Lucena)

Queda para la especulación adivinar qué pretendía Lucena colocando en el mismo libro una pieza literaria como preámbulo de 70 páginas a un tratado de ajedrez que ocupa otras 170.

El origen del ajedrez moderno.

La historia del ajedrez está trazada en la imponente obra de H. J. R. Murray A history of chess, publicada en 1913 por Oxford University Press y no reeditada desde entonces (hay alguna pista de una segunda edición en 1969), a pesar de ser la referencia con sus 939 páginas de todo lo que después se ha escrito sobre historia del ajedrez.

Sabemos que el ajedrez medieval, firmemente emparentado con el árabe y persa, era muy diferente del actual en cuanto a los movimientos de la dama (alferza en el medievo/árabe/persa) y del alfil. Las modificaciones en el juego se introdujeron en la segunda mitad del siglo XV en el ámbito mediterráneo de la Corona de Aragón. Fue una modificación súbita, tan fulminante y generalizada que la distinción entre “ajedrez viejo” y el nuevo “ajedrez de la dama” desapareció con la generación que lo vivió y conoció los dos. El nuevo ajedrez tenía, en comparación con el medieval, tal viveza y chispa que los italianos lo denominaban ajedrez “alla rabiosa” y los franceses “de la dame enragée”. La dama rabiosa barrió del tablero al viejo ajedrez a la velocidad del rayo.

El nuevo estilo de juego probablemente se adaptaba más a un mundo que había visto estrecharse las distancias y acelerarse los acontecimientos. Su difusión por el ámbito mediterráneo y el centro y norte de Europa fue tan rápida que apenas podemos trazar su recorrido.

Murray, a diferencia de su amigo y predecesor Von der Lasa que se decanta por un origen español, era de la opinión de que el nuevo ajedrez probablemente se había originado en Italia, por algunos indicios que apuntan a que ésta fue la vía de entrada en Francia y Alemania. Los indicios son francamente débiles, cuando no inexactos. Por ejemplo, que la denominación francesa “de la dame enragée” parece estar tomada del italiano “alla rabiosa” (¿y por qué no al revés?) O que en un libro alemán de 1536 el nuevo ajedrez es nombrado como “welsches Schachspiel”, que Murray traduce como “ajedrez italiano”, lo que no resulta muy acertado, pues también podría significar francés o simplemente occidental.

Que el ajedrez hubiera llegado a Francia desde Italia y a Alemania desde Francia o Italia, no es para nada incompatible con el origen español del nuevo ajedrez, más aún si ese origen español se concreta como valenciano, en el área de influencia de la Corona de Aragón, dominadora en Italia. ¿Habrá que recordar que los Borgia, que señorearon en Roma e Italia justamente por esas fechas, son de origen valenciano?

Murray conocía el manuscrito valenciano Scachs d’amor, una obra en 64 deliberadas estrofas redactada con la explícita intención de enseñar y difundir las reglas del nuevo ajedrez. Esa intención, ya de por sí, hace suponer que las nuevas reglas eran poco o nada conocidas. Murray no podía fechar el manuscrito con exactitud, tan sólo como redactado a finales del siglo XV. Ha resultado ser, según estudios de Ricardo Calvo y posteriormente de José Antonio Garzón, más antiguo de lo que suponía Murray y el más antiguo de los documentos que evidencian el nuevo ajedrez. Scachs d’amor, por ciertos detalles de la biografía de sus tres autores que Ricardo Calvo pone en orden, pudo haberse escrito en una fecha tan temprana 1475, y no es plausible que se compusiera después de 1488.

Más aún en favor del origen valenciano: el incunable perdido de Francesch Vicent, impreso en Segorbe en 1495, es probablemente la fuente de la obra de Lucena. El impresor de la obra de Vicent, Lope de Roca Alemany (alemán), está conectado con el grupo de ajedrecistas de Scachs d’amor, pero también con los impresores alemanes Leonardo Hutz y Pedro Hagenbach. Los tres fechan sus primeros trabajos, y los primeros de la imprenta en España, en Valencia. Hutz se desplazó ese mismo año de 1495 a Salamanca (¿con el libro de Vicent ya en su poder?) y compuso a encargo de Lucena la Repetición de amores e arte de axedres, mientras que Hagenbach se trasladó a Toledo y allí dio a luz en 1500 la primera o una de las primeras ediciones conocidas de La Celestina.

El análisis que realiza Ricardo Calvo de los 150 diagramas recogidos en el libro de Lucena, de su coherencia interna y criterios de ordenación, le lleva a concluir que recoge los 100 diagramas de la obra de Vicenc más 50 añadidos por el propio Lucena tomados de otras fuentes.

(Posteriormente a la obra de Ricardo Calvo, el valenciano Jose Antonio Garzón ha reconstruido el éxodo de Francesch Vicent a tierras italianas, huido de España por su condición judía. Se le puede identificar con el Francesco Spagnuolo profesor de ajedrez de Lucrecia Borgia, y como autor de dos manuscritos de ajedrez sin firma aparecidos en Cesena y Perugia, lugares vinculados a los Borgia, trufados de expresiones valencianas y cuyo contenido ajedrecístico se puede vincular al del incunable desaparecido. Más aún, Jose Antonio Garzón defiende que el autor del libro de Damiano (Roma, 1512), el libro de ajedrez más editado de la historia, no era otro que ¡Francesch Vicent! Todo esto parece un poco de película, pero esa ocultación de nombres tiene sentido y era habitual en el ámbito judeoconverso. La encontramos también en Lucena, en Francisco de Rojas, y en general cuando se quiere ocultar la propia autoría para esconderse de la persecución inquisitorial. Es plausible que un judeoconverso exiliado de España no quisiera delatar su presencia en tierras italianas y se escondiera detrás de un Damiano, judío portugués exiliado como él, que en país extranjero no escribe en su lengua materna sino en la castellana)

El papel de las élites judeoconversas en el origen del ajedrez moderno.

A todo lo anterior hay que añadir que las pesquisas biográficas sobre Lucena, sobre su padre el protonotario Juan Ramírez de Lucena y sobre los tres autores de Scachs d’amor,  Francesch de Castellví , Narcís Vinyoles y Bernat Fenollar, permiten suponer que algunos de ellos llegaron a conocerse en sus viajes a o desde Italia a través del puerto de Valencia como altos cargos de la Administración de Fernando el Católico. Y si la estirpe judeoconversa de los Lucena está firmemente documentada, Ricardo Calvo añade indicios que sitúan también en el ámbito judeoconverso a los tres autores del poema Scachs d’amor.

Podríamos hablar por tanto de un núcleo de aficionados ajedrecistas judeoconversos (más aún si incluimos a Francesch Vicent) cuya posición en la Administración de Fernando el Católico (y en la corte de los Borgia, si incluimos a Francesc Vicent) les dota de influencia social y movilidad geográfica internacional, en especial hacia y desde Italia. Ésta es la más plausible de las vías de difusión del nuevo ajedrez desde su origen valenciano, junto con otras dos realmente tristes: la diáspora judía de 1492, consecuencia de su expulsión, y el exilio voluntario de judeoconversos huyendo del terror inquisitorial, como Lucena y el propio Francesc Vicent. 

El autor.

Para terminar esta entrada, no me queda sino reseñar la figura del autor.

No sabía yo nada de él, ni siquiera había escuchado o leído su nombre, hasta que hace unos meses empecé a interesarme por el origen del ajedrez moderno. La curiosidad de mis pesquisas hizo que muy pronto aflorara “Ricardo Calvo” y un detalle relevante para mí: era de Alcoy.

No voy a copiar y pegar lo que hay de él en la Wikipedia. Nacido en 1943, fallecido en 2002. No le tocaba. Lo dice Leontxo en esta necrológica, que también apunta los principales rasgos por los que será recordado mientras haya alguien que lo recuerde: no solo jugador, y de los buenos, sino hombre de cultura diversa (como tiene que ser la cultura), historiador del ajedrez, políglota, médico, y un luchador por la transparencia y la verdad. También este enlace de su periodo canario nos da una visión coincidente con la de Leontxo, pero más detallada, concreta, llena de detalles personales y con muchas fotos que nos hacen más tangible la persona que fue.

Publicado en Historia del Ajedrez, Libros | Etiquetado , , , , , , , , , , , , , , | 2 comentarios

Leer ajedrez

Libro de axedrez, dados e tablas de Alfonso X el Sabio (ca. 1252-1284)

Me gustaría leer (o escribir, que es un poco lo mismo) una historia del libro de ajedrez a semejanza de esas otras historias del libro que enhebran en un mismo hilo las aventuras de los incunables renacentistas y las historias arcanas de códices, pergaminos y papiros de tiempos remotos. Por supuesto, esa historia del libro de ajedrez o de la lectura de ajedrez empezaría muchos siglos pero muy pocas líneas antes del Libro de axedrez, dados e tablas de Alfonso X el Sabio (ca. 1252-1284). Se detendría morosamente con el primer libro impreso conservado, el de Lucena en 1497, para lamentar la pérdida del primero conocido, el incunable del valenciano Francesc Viçenc, impreso en Segorbe en 1495. Y seguiría con un hilo principal y muchas, muchas variantes.

Pero en este mundo de chispazos hay que ir lo más directo posible a las conclusiones. Y la conclusión a la que quiero llegar es ésta: a diferencia del libro normal, del libro a secas, que sigue y mantiene su curso con más o menos caudal, aunque haya perdido su centralidad en el mundo del conocimiento y la cultura, el libro de ajedrez tal como lo conocimos está en jaque tras el impacto de la Revolución Digital, y se pueden analizar ya los movimientos que quizás lleguen darle mate para entronar a un nuevo rey.

Un excurso por los sistemas de escritura.

Todo sistema de escritura evoluciona con su uso. Si la vida social se hace más densa, más rica, la escritura va ampliando su ámbito, mejorando el soporte material, y desarrollando y perfeccionando el sistema de signos.

En la mayoría de los sistemas de escritura cuya historia se ha podido trazar, los signos acaban por adquirir un valor fonético que no tenían de inicio, para representar primero sílabas y finalmente fonemas: consonantes y vocales. Nace así la escritura alfabética, de gran economía de signos (veintisiete el inglés, p.e.) respecto a una escritura ideográfica/logográfica, que puede tener decenas de miles, como el chino. Pero esta economía de signos se produce a costa de un alargamiento del vínculo entre el significante, la parte sensorial del signo, y su significado. El signo escrito remite al signo oral que a su vez remite al significado. Es importante entender esta idea del “alargamiento” del vínculo porque hablaremos de ello a propósito de la escritura ajedrecística, sometida ahora a un proceso contrario de acortamiento del vínculo.

Durante muchos siglos, y también para el niño que aprende a leer, lo común es hacerlo en voz alta y que sea la palabra oída la que entregue a la mente el significado. Es conocida la anécdota, el asombro de San Agustín cuando observó que Ambrosio, obispo de Milán, leía en silencio. Porque lo habitual en la Antigüedad y en la Edad Media ha sido que el individuo leyera recitándose lo que sus ojos veían. Como habitual y práctica común en todos los tiempos ha sido que alguien se encargue de leer un texto en voz alta para muchos otros.

Es la imprenta y con ella la generalización de la lectura, la que produce el lector silente habitual que hoy conocemos. Podemos pensar, quizás, que ese lector silente está utilizando su lenguaje interior, pronunciándose internamente las palabras. Pero sea pensamiento o sean palabras, es un hecho constatado que el lector competente-silente lee mucho más deprisa que si pronunciara para sí mismo o atendiera a una explicación oral. El lector competente realmente tiene dos sistemas de signos paralelos: el lenguaje oral y el lenguaje escrito. En cada uno de ellos un significante sensorialmente distinto, la palabra escuchada o la palabra leída, remite a un mismo significado.

Otro ejemplo que también ilustra esta diferencia: los que han adquirido una competencia básica en un idioma extranjero por inmersión lingüística oral a temprana edad, aunque estén alfabetizados suelen enfrentarse a un texto escrito en ese idioma pronunciando las palabras, leyendo en voz alta como los niños o las personas no muy letradas. En cambio, quienes han aprendido ese idioma extranjero de una manera libresca, a base de diccionario y gramática, pueden llegar a leerlo y escribirlo con fluidez y ser absolutamente incompetentes si se ven expuestos a una situación oral.

Y el ajedrez, ¿cómo se escribe?

Algo parecido a la aparición de la imprenta está ocurriendo con el ajedrez. Hasta hace menos de doscientos años la escritura ajedrecística no había generalizado un sistema de signos propios, y por tanto no se había distinguido de la escritura común. A modo de ejemplo extremo de la ausencia de un sistema de escritura ajedrecística, veamos como describe Ruy López la posición inicial de las piezas en su Libro de la invención liberal y arte del juego del Axedrez (1561) totalmente carente de diagramas:

Ármanse de esta manera. El rey blanco a mano derecha, y en casa negra: en la cuarta casa de la primera línea: porque en la primera se sitúan las piezas. Tras el rey luego el arfil de rey en casa blanca. Luego el cavallo del rey en casa negra: luego en la última casa, el roque del rey en casa blanca….”

Y esto sería una línea de apertura:

«Llevando el Blanco la mano jugará el peón del rey quanto va. Si el negro jugare el peón del rey quanto va, el bl. jugará el peón del arfil de la dama una casa. Si el neg. jugare el cauallo del rey ala 3 del arf. por tomar el peón: el bl. jug.la dama ala 2 de su ar. Si el neg.jug.el arf.del rey ala 4 de su arfil de su dama…»

Lo que viene a ser: 1.e4 e5 2.c3 Cf6 3.Dc2 Ac5 en notación algebraica o 1.P4R P4R 2.P3AD C3AR 3.D2A A4A en la notación descriptiva tan común hasta hace poco.

Se aprecia cómo Ruy López tiende a abreviar “bl.” por “blanco”, “neg.” por “negro”, “arf” por “arfil”, etc. Y también, el embrión de la notación descriptiva en la utilización de la posición inicial de las piezas para referirse a las columnas: peón del rey, peón del alfil de la dama, etc…

Los diagramas son habituales en los libros de ajedrez previos a la imprenta, manuscritos, seguramente porque el coste de dibujarlos no es mucho mayor que el de caligrafiar una página. También son frecuentes en las primeras décadas después de Gutenberg (1450), porque las obras impresas toman como modelo y compiten con los manuscritos que se conservan en las bibliotecas. Los diagramas de estas primeras obras impresas no están compuestos con la técnica de tipos móviles, como en el siglo XIX y XX, sino que son grabados, normalmente en madera y por ello bastante toscos. Desaparecen progresivamente del ajedrez impreso hasta que bien entrado el siglo XIX se aplicó el sistema de tipos móviles al diagrama ajedrecístico, inicialmente no con figuras sino con letras (compárese en la galería de ilustraciones que siguen las de la revista francesa Le Palamède en 1836 y 1845).

En fin, el proceso histórico, todos los balbuceos, tanteos, avances y retrocesos de la escritura ajedrecística antes y después de la imprenta, merecen de por sí una entrada aparte. No nos detenemos más para centrarnos en el punto de llegada, que es:

Un libro de ajedrez del siglo XX, de finales del XIX o principios del XXI se compone de dos elementos conjugados: diagramas y notación ajedrecística. Si tenemos en cuenta los comentarios en texto llano insertados dentro de una partida, pero también antes y después de cada partida, los elementos de un libro de ajedrez son tres: diagramas, notación y texto.

El espíritu de la Apertura, Ricardo Aguilera 1973. Un libro que se puede leer en la almohada

Hasta tiempos muy recientes prácticamente ningún libro de ajedrez podía leerse sin un tablero al lado en el que transcribir las jugadas anotadas en el texto. Salvo la posición de inicio de partida, que se puede omitir por obvia, toda secuencia de jugadas se presenta con el diagrama que muestra la posición. Y a partir de ahí, la pregunta para cada uno de nosotros: ¿cuántos movimientos somos capaces de seguir mentalmente? La respuesta es la misma para todos: muchos menos de los que recogen habitualmente los libros de ajedrez al pie de cada diagrama. Y

Aperturas semi-abiertas (Ludek Pachman, ca. 1970)

aunque sean secuencias no muy largas, hay que tener en cuenta las variantes y subvariantes que te hacen volver atrás y adelante y comparar dos o más posiciones finales que se han desvanecido de tu mente. Solo algunas obras con un enfoque para principiantes o de divulgación pueden leerse con la luz de la lamparita de nuestra mesilla de noche. Compárese un libro clásico de aperturas de hace cincuenta años (Ludek Pachman) con otro coetáneo divulgativo de aperturas (Ricardo Aguilera) El libro de Ricardo Aguilera se puede leer en la almohada, el Pachman no.

Korchnoi recomendaba leer libros de ajedrez sin tablero como un ejercicio de preparación para un torneo inminente, de la misma forma que otros preparadores suelen recomendar jugar alguna partida a la ciega. Ningún preparador, en todo caso, recomienda abusar de este recurso mentalmente agotador. Y desde luego, aquí no estamos hablando de jugadores de muy alto nivel capaces de jugar a la ciega, ni tampoco la finalidad de nuestra lectura es agilizar el cálculo mental con vistas a un torneo. Somos meros aficionados, jugadores “de club” que tratamos simplemente de leer un libro de ajedrez, de comprenderlo.

La notación que usan los libros debería ayudar y no dificultar. La notación actual algebraica, como la anterior descriptiva, aunque no deja ambigüedad en su transcripción de los movimientos, no es la que más ayuda por su parquedad, por su desdén en explicitar la información no imprescindible. ¿Qué problema hay en que los movimientos se anoten con redundancia explícita? ¿Por qué un movimiento como Axf3 no puede escribirse Ag4xCf3 y un Af3 como Ag4-f3? Ayudaríamos a nuestra representación mental del tablero mientras leemos y, si los utilizáramos para anotar las partidas, subsanaríamos con mayor facilidad esos pequeños errores en que incurrimos tan a menudo y que a veces nos dejan perplejos cuando días después transcribimos la partida sobre un tablero, quizás digital, para archivarla en esa base de datos que hemos bautizado “Mis Partidas”.

El tablero es herramienta imprescindible, el equivalente de la lectura en voz alta de los tiempos antiguos. Por ello, un libro de ajedrez se lee muy despacio. Todo el trasiego de la mano moviendo las piezas y volviéndolas a colocar para reiniciar otra y otra variante, llevando la vista del libro al tablero y del tablero al libro, verificando la corrección de la transcripción inversa, todo eso distrae la mente de lo que está deseando: comprender esa posición, ese diagrama, las posibilidades que encierra. Otra cosa es el placer, la delectación casi fetichista con la que acariciamos los trebejos y los desplazamos a una y otra casilla. Si en el mundo hubiera solo una docena de libros de ajedrez, apenas los impresos entre 1495 y 1820, ésa sería la forma de disfrutar leyéndolos.

Página del Informator nº 1, 1966

Pero no es así. El número de libros de ajedrez ha crecido y crecido durante el siglo XX. Y no solo los libros: la información ajedrecística en forma de revistas y boletines. La escuela soviética de postguerra, liderada por alguien tan sistemático como Botvinnik, acumulaba cuanta información podía recopilar sobre las partidas jugadas por todos sus rivales, exahustivizando su preparación para los matches individuales y para las olimpiadas por equipos. Tanto es así que en 1966, en la otra gran potencia ajedrecística rival, Yugoslavia, nace el Informator, una publicación semestral, luego cuatrimestral y finalmente trimestral de todo cuanto se juega en el mundo al nivel de los mejores. Su primer número, que abarcaba del 1 de enero al 30 de junio de 1966, dedicaba 141 páginas a la transcripción de 466 partidas. La revista tuvo tanto éxito de salida que un campeón mundial (1963-1969) como Tigran Petrosian se chanceaba de las jóvenes generaciones llamándoles “hijos del Informator”. Lo cuenta precisamente uno de esos hijos, Kasparov, participante decisivo en el siguiente salto en la escritura ajedrecística: 1985.

Ese salto en realidad fue un triple salto en paralelo, que merecería también un capítulo aparte si no fuera tan reciente y no estuviera inconcluso. Visores de ajedrez, bases de datos de ajedrez y motores de ajedrez, son las tres patas de la revolución digital en el ajedrez. Aunque en este momento solo nos interesen los visores de ajedrez, ninguna de las tres avanzó sin apoyarse en las otras.

Pata primera: los motores.

La aplicación de la informática al ajedrez comenzó al poco de concluir la II Guerra Mundial, con los primeros ordenadores. Se focalizó muy pronto como una competición por desarrollar el mejor programa para jugar al ajedrez, algo fácil de determinar arreglando enfrentamientos y torneos entre esos ordenadores-programa. Con la tecnología informática de la época, el software era muy dependiente del hardware para el que había sido concebido y sobre el que se ejecutaba, por lo que la competencia entre programas de ajedrez tenía también una faceta de competencia entre fabricantes de ordenadores.

En esa carrera de los años 50, 60 y 70 preocupaba más cómo representar la posición del tablero y el árbol de juego internamente en la memoria de la computadora, así como las estrategias más eficientes de cálculo, que amabilizar la comunicación con el ser humano. Los dispositivos de entrada y salida eran los propios de la época, absolutamente espartanos aunque entonces eran el colmo de la sofisticación: el teletipo o la impresora, la consola en pantalla en modo carácter con su cursor parpadeante, y el teclado. La comunicación con el jugador humano y los espectadores: un tablero de ajedrez en el que replicar manualmente las jugadas hacia y desde la computadora.

Primera GUI documentada: TCR (tubo de rayos catódicos) y light pen

La primera GUI (Graphical User Interface) aparece hacia 1970 y solo el empuje de los ordenadores personales de los 80 y las interfaces gráficas típicas de los juegos por computadora la llevó hacia el estado actual. No obstante, el impulso a las formas de representación digital de posiciones de ajedrez seguro que allanó un poco el camino para el diseño de bases de datos ajedrecísticas: uno de los “trucos” de los primeros programas fue mantener en memoria las posiciones halladas y valoradas durante el proceso de exploración, y acceder a ellas eficientemente, para ahorrar el tiempo de computación necesario si se volvía a llegar a esa misma posición como consecuencia de alguna transposición de movimientos, algo muy común en la estrategia de fuerza bruta de los ordenadores. De ese truco derivan hoy los programas que permiten a cualquiera que tenga en su computadora personal una base de datos equivalente a decenas de miles de Informator, realizar búsquedas de posiciones puntuales de juego, saber cuántas veces se ha jugado, con qué estadísticas de resultado favorable a blancas/negras, y sobre todo seguir las continuaciones de las partidas más representativas por la fuerza de ambos jugadores y entender o tratar de entender sus ideas, planes, motivos tácticos…

Pata segunda: bases de datos.

Kasparov y Frederic Friedel-1985 “Esto es lo más importante que ha pasado en el ajedrez desde la invención de la imprenta”

Navidad de 1985. Garry Kasparov estaba en Hamburgo para un duelo con Robert Hübner y unas simultáneas de propina. En los últimos quince meses había disputado 72 partidas contra Karpov y estaba a la espera de disputar otras 24 en el verano de 1986. Solo a alguien con la vitalidad de un muchacho de 22 años, de ese muchacho que se llamaba Garry Kasparov (Karpov supo en carne propia de su energía), pudo ocurrírsele aprovechar la interrupción del evento ajedrecístico el día de Nochebuena no para descansar o distraerse, sino para presentarse en casa de un periodista alemán bastante puesto en los avances de la computación ajedrecística y con el que apenas había intercambiado algunas palabras cinco años antes (¡con 17!) en la cena de clausura del campeonato mundial juvenil en Dortmund (ganado por Kasparov, claro). Allí, después de la cena a la que se había autoinvitado o quizás al día siguiente, le expuso lo que él quería de los ordenadores: una versión electrónica del Informator. Cinco meses después, el 19 de mayo de 1986, mientras jugaba un torneo en Basilea, ese periodista y un estudiante de física alemán le presentaron un prototipo sobre un Atari que le hizo exclamar después de cerrar los ojos durante un minuto: “Esto es lo más importante que ha pasado en el ajedrez desde la invención de la imprenta”. Los “hijos del Informator” habían dado paso a la generación de ChessBase. La historia ha sido contada por sus protagonistas aquí y aquí.

Pata tercera: visor de ajedrez.

Acabo de contar el nacimiento de ChessBase. Pero en realidad lo que Matthias Wüllenweber llevaba en el diskette de su Atari, a tenor de lo que cuenta Frederic Friedel, era un mero visor de ajedrez con algunas partidas de demostración. Hoy sí, el producto acabado ChessBase, que ha sido replicado y copiado por muchos otros, es una base de datos de partidas de ajedrez, un “Informator” que puede consultarse de muchas maneras que interesan a un ajedrecista: por jugador, por apertura, por posición de tablero… Incorpora también un motor de ajedrez (curiosamente llamado Fritz=Frederic) que puede revisar cualquiera de esas partidas movimiento a movimiento señalando los errores o validando las jugadas correctas, o puede simplemente servir de sparring para entrenar o pasar el rato.

ScidvsPC

Nada de ello podría usarse sin el visor. Ver una partida, repasarla adelante y atrás con el ratón o el teclado, reproducirla automáticamente, navegar por las variantes, leer el texto de los comentarios justo al lado del tablero que reproduce la posición comentada, todo eso es una funcionalidad tan común que no nos asombra. Y sin embargo, deberíamos como San Agustín felicitarnos por ser capaces de leer en silencio, capaces de leer un libro de ajedrez sin necesidad de apoyarnos en un tablero a nuestro lado para ver las jugadas.

El visor está en todos los portales de ajedrez que ofrecen juego interactivo, entrenamiento táctico, aprendizaje de aperturas, etc... El visor de ajedrez está dentro de muchos blogs, como éste mismo aunque a la fecha que data este artículo aún no lo hayamos estrenado. Está en las páginas digitales de periódicos como El País. Está en forma de plugins o componentes disponibles para los principales CMS (=gestores de contenido, p.e. WordPress), que permiten ilustrar un artículo con la reproducción de una partida, un ejercicio o un problema. Hasta Google te ofrece un visor como extensión para su navegador Chrome. El visor de ajedrez es, también, el “reader” de muchísimos libros de ajedrez.

  • ChessBase. Si ChessBase no publicara libros de ajedrez, su negocio tendría las patas muy cortas: un software que de vez en cuando sufriría una restyling para hacerlo parecer que mejora, y la actualización de una base de datos de juegos de ajedrez que, por mucho que se juegue cada año, lleva una década por encima de los cinco millones de partidas y pronto alcanzará los diez millones. Podría vender un par de productos nuevos cada año, que para la mayor parte de sus clientes serían actualizaciones. Por eso hoy en día buena parte del negocio de ChessBase es la publicación de libros electrónicos de ajedrez, que lógicamente necesitan de su programa para ser visualizados, el mismo programa que se utiliza para consultar la “base de datos”.
  • El portal chess24.com, que apadrina Magnus Carlsen, también tiene una línea de libros electrónicos, por supuesto totalmente dependientes de un visor propio que requiere una conexión de internet para acceder al contenido. 
  • Everyman es una conocidísima editorial británica de libros de ajedrez convencionales, que además apuesta por el formato electrónico, bien utilizando el formato (y el visor) propietario de ChessBase, bien utilizando el estándar abierto PGN con un sencillo visor propio, pero que puede sustituirse por cualquier programa visor de bases de datos de ajedrez: ChessBase, Scid, ScidVsPC, ChessAssistant...
  • Chess Informant (Informator) puede suministrar la misma obra en papel o formato electrónico, bien en PGN o en el propietario de ChessBase.
  • New In Chess, una iniciativa holandesa nacida en 1984 y que compite exitosamente con Chess Informant, desdeña en cambio el formato abierto PGN y también el de ChessBase, y utiliza su propio visor, tanto para su revista como para los libros que publica.
  • Chess Assistant. Los competidores rusos de ChessBase. Lo mismo, en esencia pero en menos.

Limitaciones actuales del visor de ajedrez.

Hagamos balance. ¿Ha muerto el libro en papel, desplazado por el visor electrónico?

Todavía no. Un libro de ajedrez, decíamos más arriba, se compone de tres elementos: diagramas, notación y texto. El visor resuelve completamente el seguimiento de la notación actualizando el diagrama al instante. Pero no se ha conseguido todavía una buena integración con el texto. Veamos por qué.

Tecnología propietaria o abierta.

Los visores de ChessBase, chess24, NewInChess o Chess Assistant dan mejores resultados para el usuario que los visores de tecnología abierta que utilizan PGN, como Everyman, Scid o ScidvsPC. Pero no por la calidad del software. El visor no es un programa demasiado sofisticado. Es un problema del formato abierto PGN.

Los sistemas propietarios tienen el inconveniente, más allá de ser de pago, de que el usuario se encuentra en un sistema cerrado: no puede ver los documentos de una plataforma con el visor de la otra. Esta es una situación muy típica en informática que se utiliza para crear nichos de mercado propietarios y que tiende a decantar un dominador por encima del resto de competidores. Hoy ChessBase es el Microsoft del software de ajedrez.

Los problemas del PGN.

Estamos todos lo suficientemente viajados en informática para que no nos tengan que alabar las bondades de separar los programas de los datos, la tecnología del programa que muestra de los contenidos mostrados. ¿Admitiríamos que para perdernos por Internet necesitáramos un navegador diferente según qué páginas, sitios y blogs? No lo admitiríamos, pero ese riesgo ha existido y si no ha ocurrido ha sido porque tecnológicamente se ha evitado.

Separar los programas de los contenidos, en visores de ajedrez, pasa necesariamente por algún tipo de estandarización de datos. El problema de esa estandarización no es que no exista. Si no existiera, el impulso para crearla sería imparable. El problema es que ya existe, pero se ha quedado obsoleta.  Estamos hablando de PGN.

PGN es el acrónimo de «Portable Game Notation» y nació en 1994. Según su propia definición (https://www.chessclub.com/help/PGN-spec):

PGN es un estándar diseñado para la representación de datos del juego de ajedrez usando archivos de texto ASCII. La intención de la definición y propagación de PGN es facilitar el intercambio de datos de juegos de ajedrez de dominio público entre jugadores de ajedrez (humanos y máquinas), editores e investigadores de ajedrez informático en todo el mundo.

PGN no pretende ser un estándar de propósito general que sea adecuado para cada posible uso; ninguna norma de este tipo podría cumplir todos los requisitos concebibles. En cambio, PGN se propone como una representación portátil universal para datos intercambio. La idea es permitir la construcción de una familia de aplicaciones de ajedrez que pueden procesar rápida y fácilmente datos de juegos de ajedrez utilizando PGN para importar y exportar entre ellos.

El estándar PGN consiguió lo que pretendía. Ha hecho posible el intercambio de datos de juegos de ajedrez entre máquinas, aplicaciones y jugadores. Como se dice en el Génesis cuando la Humanidad se lanzó a la tarea de levantar una torre gigantesca, «Si ahora, mientras son una sola persona porque todos hablan el mismo idioma, han comenzado a hacer esto, nada más tarde les impedirá hacer cualquier cosa que se propongan». Pero la torre se ha detenido, su base no se amplia y no puede crecer en altura porque al idioma común (PGN) le faltan palabras. Las carencias del estándar PGN son:

  • El jugador de blancas se llama… «About this Publication»!!

    No refleja una estructura jerárquica de documento (libro, sección, capítulo…) en el que las partidas incrustadas fueran su nivel más bajo. En consecuencia, hoy, cuando leemos un libro escrito en formato PGN, se nos presenta como una mera lista de partidas. En el ejemplo mostrado en la imagen adyacente, las «partidas» nº 1-2-3-5-10-17-24-29… no son tales, sino capítulos que organizan el contenido.

  • El campo para “Comentarios”, que anida o cuelga necesariamente de un movimiento de una partida:
    • Se utiliza abusivamente (e ineficazmente también) para insertar texto que no comenta ningún movimiento de una partida, sino que pertenece a otro nivel del libro: partida, capítulo, sección, introducción, prólogo, etc…
    • Está innecesariamente limitado tanto por juego de caracteres (un subconjunto de ISO 8859/1 en lugar de utilizar toda la riqueza de juegos de caracteres de que disponemos), como por la carencia de atributos de presentación del texto, como párrafos, tabuladores, sangrados, atributos de letra, etc… Es curioso como la necesidad, siquiera, de separar párrafos, lleva a Everyman a utilizar la secuencia de «- – -» (tres guiones consecutivos) como una marca separadora sustitutiva del viejo punto y aparte, del CR/LF de las viejas máquinas: retorno de carro y nueva línea.

PGN-XML: una propuesta.

Estas carencias se corregirían ampliando el estándar PGN sobre una base XML, que reformulara las actuales etiquetas PGN con arreglo a la sintaxis XML y diera cabida a nuevas etiquetas y a una jerarquía de documento en cuya base estuviera “la partida”, pero cuya cúspide fuera el libro. Pero ni siquiera hay que hacer la mayor y más compleja parte del trabajo, puesto que ya existen aplicaciones del estándar XML al objeto «libro» o «documento» a las que solo habría que agregarle un elemento en su base: la partida, el par <chessgame></chessgame> que contuviera dentro todo lo que el visor nos va a mostrar sobre el tablero electrónico.

Todas las tareas técnicas son sencillas en sí mismas: la definición del nuevo estándar PGN-XML; una herramienta de software para trasladar cualquier volumen de datos PGN al nuevo formato PGN-XML y viceversa; la sustitución de las rutinas que leen o escriben PGN para que lean y escriban también PGN-XML; y la adecuación de los visores para que muestren las partes puramente textuales del libro, con arreglo a su jerarquía y tipo de texto.

Más complejo, sin duda, es convertir esta propuesta en una iniciativa común que prenda entre los desarrolladores de software de ajedrez; que se defina y publique el nuevo estándar por parte de un ente o grupo con autoridad; que se incorpore a las herramientas existentes, empezando por las de software abierto; que aparezcan contenidos, libros, basados en el nuevo estándar…

Lo que no será nada fácil es empujar a los principales suministradores de contenido, singularmente al dominador ChessBase, desde sus sistemas propietarios al nuevo estándar abierto. La confusión de lenguas tiene poderosos intereses. Mientras tanto, el viejo libro en papel agonizará sin acabar de dejar paso al nuevo libro.

 

Publicado en Didáctica, Libros | Etiquetado , , , , , , , , , , , , , , , , , , , , | Deja un comentario

Piaget y la mayeútica ajedrecística

Hace unas semanas publicábamos un artículo a propósito de la provocadora cita de Unamuno “el ajedrez desarrolla la inteligencia, sí, pero sólo para jugar al ajedrez”. Y hace poco, en sentido contrario, un artículo del filósofo y pedagogo Nicola Lococo interpretando el diálogo entre los dos jugadores de una partida de ajedrez como un ejercicio de mayéutica socrática: es decir, como un paradigma de praxis intelectual entre dos personas que colaboran en la búsqueda del conocimiento cuestionándose el uno al otro. ¿Pueden conciliarse puntos de vista tan opuestos? Veamos.

(este artículo se publicó originalmente en mikelgurea.com el 9 de febrero de 2020. Por ello, los enlaces anteriores remiten a ese otro blog)

El primero de los artículos concluía preguntándose que dirían Piaget o Vigotsky acerca de si el aprendizaje y la práctica del ajedrez en edad infantil ayudan a su desarrollo intelectual. Pues bien, desde la teoría piagetiana del desarrollo infantil se le puede dar una respuesta a esta pregunta que engancha además con la perspectiva mayéutica invocada por Lococo.

Voy a dar un pequeño rodeo a través de las ideas de Piaget y Vigotsky para establecer la primera premisa de este artículo: que la confrontación-diálogo entre dos o más personas es la forma original como surge el razonamiento lógico en el desarrollo infantil.

En el esquema piagetiano de desarrollo infantil, hay un salto, un rubicón alrededor de los 6-7 años. La edad no es ni mucho menos exacta, puede variar según individuos y entorno sociocultural, pero la mutación se da en todos los niños. Hasta esa edad aproximada el niño es “intelectualmente egocéntrico”. Entrecomillamos la expresión porque Piaget no utiliza el término “egocéntrico” en su acepción corriente, tal como lo definiría el diccionario de la RAE o como lo utilizaríamos en una conversación casual. Es importante entender lo que quiere decir Piaget caracterizando como egocéntrica la inteligencia del niño en el periodo aproximado de los 2-7 años. Importante para comprender la dificultad o incluso imposibilidad de jugar al ajedrez para los que aún no han dado el salto, aunque sepan las reglas y muevan las piezas correctamente. Importante también para comprender lo que de positivo puede aportar el ajedrez a esa edad en la superación de ese reto cognitivo.

Como dice Piaget y nadie se ha atrevido a contradecir, el ser humano recién venido al mundo no distingue aún entre su mismidad y la realidad exterior. El bebé es egocéntrico en un sentido absoluto. Desde ese instante inicial el desarrollo humano es un proceso de autoconciencia y descentración, un ejercicio creciente de objetividad que solo termina cuando el ser humano hace techo cognitivo. Al nacer, todo lo que percibe el recién nacido, empezando desde luego por la propia madre, es parte de él, de sí mismo. Va comprendiendo donde está la barrera entre el mundo exterior y él mismo a base de frustraciones, pero también de triunfos cuando da un paso adaptativo exitoso. “Va comprendiendo” quiere decir, ni más ni menos, que el niño construye en su interior, en su mente, los esquemas operativos necesarios para desenvolverse en la realidad, para saber que las ausencias de su madre son temporales y que volverá, o que la pelota que ha rodado y dejado de estar visible no es que haya dejado de existir, simplemente está oculta o tapada. Piaget coloca en el segundo año de vida, más o menos, el fin del estadio que denomina sensorio-motriz por la prevalencia de la conducta exploratoria física y sensorial en su desarrollo mental.

Con la aparición del lenguaje y hasta los 6-7 años aproximadamente, Piaget describe lo que etiqueta como estadio preoperacional, de una intensa actividad mental, pero que se rige por reglas muy diferentes de las del adulto y que los adultos solemos olvidar o desconocer. Una de ellas, el egocentrismo cognitivo. Un ejemplo de egocentrismo cognitivo sería este diálogo. Le preguntamos a un niño:

    • ¿Tienes un hermano?
    • Sí.
    • ¿Cómo se llama?
    • Carlos.
    • ¿Carlos tiene un hermano?
    • No.

El niño es incapaz de representarse mentalmente el punto de vista de su hermano Carlos y de otras personas en general. No se piense que un Sócrates, a base de preguntas, conseguirá llevar la luz a su mente si el niño no está maduro. Más bien puede ocurrir que el adulto con sus preguntas sugiera la respuesta y el niño nos la repita como un loro porque intenta dar satisfacción al adulto. Hay una barrera mental, el egocentrismo cognitivo, que el niño debe superar. Como adultos, nos sorprende descubrir que exista esa barrera porque vemos al niño como un igual a nosotros pero más pequeño, cuando de lo que deberíamos maravillarnos es de que los seres humanos hayamos desarrollado nuestra mente más allá de esa barrera innata tan natural.

Para Piaget, biólogo de formación, el acceso a una fase superior del desarrollo cognitivo es el resultado del conflicto con la realidad y de un proceso de adecuación a ella, similar o equivalente al proceso de adaptación de todos los seres vivos a su medio. Con la importante diferencia de que lo que en el resto de los seres vivos suele ser la adecuación de un órgano a una nueva función, en el ser humano consiste esencialmente en el desarrollo de un superinstrumento: la mente.

Vigotsky matiza o más bien amplia ese punto de vista señalando que la realidad a la que se adapta el individuo humano es abrumadoramente social, cultural. Y que todas las funciones mentales internas, intrapersonales, características del ser humano, aparecen primero en forma externa, como relaciones interpersonales. Por ejemplo, el reflejo del bebé de asir un objeto fuera de su alcance, un sonajero o un muñeco, es interpretado y devuelto por sus padres como gesto de señalar, generando así entre padres e hijos la primera palabra de un lenguaje mímico universal. El lenguaje propiamente dicho, aprendido-imitado de los adultos, se convierte progresivamente en un instrumento mental y el niño se habla a sí mismo, se repite las palabras y frases aprendidas para dirigir su propia conducta, al principio en voz alta y finalmente en silencio: ha aparecido el lenguaje interior.

Para Vigotsky, lo que rompe el egocentrismo cognitivo es la interacción social, el conflicto con los demás. Conflicto que se expresa en gran medida de manera lingüística, puesto que es el lenguaje el medio esencial que utilizamos para interaccionar. Son las frases contradictorias de los otros los primeros contraargumentos que el niño empieza a manejar mentalmente, como si fueran aprendices de la mayéutica socrática.

Y todo esto, ¿qué tiene que ver con el ajedrez?

Si observamos los primeros balbuceos ajedrecísticos de los niños que no han traspasado aún la frontera del egocentrismo, observaremos que es muy fácil que:

  • muevan alfiles, torres, dama y rey con soltura a través de diagonales, filas y columnas.
  • sepan mover los peones 1 o 2 casillas hacia adelante, y capturar en diagonal.
  • sepan mover el caballo según sus reglas de salto.
  • sepan ejecutar el movimiento del enroque.
  • designen los movimientos utilizando correctamente el sistema de coordenadas a1-h8.

Es decir, el niño mueve correctamente las piezas según las reglas del ajedrez. Y subrayo algo que puede parecer una obviedad pero que es un pequeño milagro de por sí: las mueve en su mente antes de moverlas en el tablero.

En contraste con esa capacidad, encontraremos que ese niño todavía en la fase egocéntrica tiene un importante déficit de intencionalidad en su juego:

  • capturará toda pieza o peón enemigo que se ponga a tiro de sus propias piezas o peones, pero curiosamente, los movimientos de mate, aunque sea meramente el mate en 1, le resultan invisibles.
  • con muchísima frecuencia moverá sus piezas y peones a casillas dominadas por el bando contrario y que pueden ser capturadas, para su sorpresa. Igualmente, apenas detecta las amenazas creadas por los movimientos del contrario . En definitiva, el cálculo combinatorio, la visión táctica, es prácticamente inexistente.
  • en la apertura puede dar la impresión de que desarrolla sus piezas con sentido, aunque en realidad está reproduciendo mecánica o memorísticamente las pautas de que el monitor le ha enseñado: avanzar los peones centrales, movilizar alfiles y caballos… Pero el niño no tiene un plan de desarrollo, carece de estrategia. Sus ojos y su atención fluctúan de una pieza a otra y de un lado a otro del tablero, sin evidencia alguna de que conecte unas piezas con otras, incluso aunque estén contiguas.

La ausencia de cálculo combinatorio es, en nuestra opinión, un reflejo de la incapacidad de asumir el punto de vista del contrario, como le sucedía al hermano de Carlos. De la misma forma, el movimiento que da mate se diferencia de la mera captura por el hecho de que incluye el cálculo de los movimientos del rey contrario: es un movimiento combinatorio que requiere incluir el punto de vista del contrario. El niño entiende y ejecutaría con gran alegría la captura del rey, pero no entiende tan fácilmente la posición resultante de mate, que en definitiva es el puro punto de vista del lado contrario. El mate deja insatisfecho al niño porque el triunfo para él consiste en la captura del rey, no en una sutileza, la red de mate, que él no percibe. Por ello, por esta incapacidad de ver el punto de vista contrario, no es de extrañar que el niño tampoco tenga una concepción global de la posición en el tablero, un plan, ya que más allá del esfuerzo de multiatención e integración que le supondría, son la posibilidad y la previsión de las acciones del contrario las que dan sentido a los planes estratégicos, por muy sencillos que nos parezcan.

Esta visión piagetiana de los balbuceos ajedrecísticos es congruente con un consejo firmemente repetido en los cursos para monitores de iniciación al ajedrez: antes de la edad para jugar al ajedrez, hay un estadio previo en el que el niño solo debe jugar con el ajedrez con el único objetivo de  familiarizarse con las piezas y sus movimientos así como con la geometría del tablero. Si el niño no ha madurado todavía, si no está lo suficientemente próximo al Rubicón que debe pasar para dejar atrás su egocentrismo, presentarle ejercicios tácticos y conminarle con ¡Piensa, piensa! no sirve más que para alimentar su frustración, y si ello no le lleva a dejar el ajedrez es porque, afortunadamente, el ajedrez sigue siendo atractivo a pesar de la torpeza de los adultos que presuntamente lo enseñamos.

Las partidas de ajedrez entre niños que no han desbordado el limes cognitivo del egocentrismo son o parecen “juegos paralelos”: dos niños que juegan uno al lado del otro, en compañía pero casi sin interaccionar. Casi: tan solo interaccionan con la alternancia de movimientos y con la realidad inevitable de que la pieza que captura uno de ellos es pieza que desaparece del tablero y que pierde el otro. Un «casi» que será suficiente para que, cuando llegue el momento, prenda en la mente infantil la semilla del pensamiento lógico-contradictorio. Es en este punto donde la magia mayéutica del ajedrez, el diálogo alterno entre los dos jugadores, puede convertirse en la pasarela para transitar rápidamente hacia el siguiente estadio, el de la lógica de las operaciones concretas, desarrollando su capacidad de ver las cosas desde la perspectiva de otra persona. El ajedrez, la partida de ajedrez, es un juicio contradictorio desarrollado en silencio entre las partes y cuya sentencia, dictada por las reglas del juego, se acata con un apretón de manos. En la vida, la confrontación, la cooperación y el diálogo son también procesos contradictorios más exitosos cuanto más racionales son las personas que intervienen en ellos dispuestas a acatar las reglas de la razón. Lo que sin duda sería del agrado de Sócrates y también de Unamuno.

Publicado en Didáctica | Etiquetado , , , , , | 2 comentarios